Quién los mandó a morirse

Perdónenme empezar con un lugar común: una definición del diccionario. La de la palabra infamia. La segunda acepción, para ser preciso: «Maldad o vileza en cualquier línea». Bien podría ser, también, la descripción de la historia de la humanidad. La reciente y la no tanto.

Pero me voy a quedar con la reciente, para no esculcar en las miserias (que no son pocas) de nuestra presencia como especie sobre la Tierra.

Ahora, para encontrar información sobre el avance del genocidio en Palestina, toca dar más clics que hace unos meses. La matanza se ha vuelto paisaje, noticia de tercer o cuarto nivel, en el fondo de las páginas web de los medios que aún le dedican un espacio —pequeño— a dejar un rastro histórico de la eliminación, para cuando se quiera reconstruir la historia de lo que hay bajo el suelo de los hoteles de lujo que algunos se sueñan en aquel enclave frente al Mediterráneo.

Lo más reciente dice esto: «La revista médica The Lancet concluye que Israel mató a 75.200 palestinos en 16 meses de guerra y a otros 8.540 de manera indirecta». Sumo por ustedes: 83.740 personas. Me aterra la cifra cerrada, la aproximación de la cifra para que termine en cero. Pero eso: ¡Más de 83.000 personas! ¡Más de ochenta y tres mil personas! 

Las autoridades gazatíes hablaban de cerca de 50.000. Exageran, decían siempre las autoridades israelíes. 

Hay otra cifra, también terminada en cero. El estudio estima que 42.200 de esas personas asesinadas son —eran, fueron— mujeres y niños. No guarden sus calculadoras, que esa suma de muerte y desolación seguirá. 

Cambio de tercio, paso a otra infamia. Es sábado, 21 de febrero. Navego —ese verbo que hoy conjugamos, pero que no nos lleva a ninguna parte— por las páginas web de los diarios de Colombia. Entre muchos adjetivos y titulares con su respectiva carga editorial, apenas un solo medio de los que visito tiene en la parte superior algo que hable de Jeffrey Epstein. En los demás, ni bajando hasta el final de esas páginas sin fin encontré algo. Hay infamias que se dejan de contar. Hay infames que tienen a su favor el silencio, que es otra forma de la complicidad. 

Hay otras, claro, que colman titulares. Que extienden la indignación un poco más (tampoco tanto, que ya aparecerá algo peor, siempre es así). Se lo merecen, por supuesto. Porque es infame el ministro de Salud Guillermo Alonso Jaramillo cuando dice «Los ricos también lloran» como fue infame el ahora expresidente Uribe que, cuando mandaba, dijo que esos jóvenes que aparecían asesinados y presentados como guerrilleros, «No fueron a recoger café». O al actual presidente Petro cuando, sin pudor ni sonrojo, revictimiza a una madre que acaba de perder a su hijo para quedarse con el punto político sobre su fracasada propuesta de mejorar el sistema de salud de Colombia. 

Pero la lista es interminable. Antes, un ministro de Defensa, Iván Velásquez, culpó a una sargento del ejército por su secuestro por parte del ELN. Y antes de él, otro ministro de Defensa, Diego Molano, llamó a los menores de edad reclutados por los grupos armados máquinas de guerra. Una infamia tras otra, comparables, precisamente, por esa maldad o vileza en cualquier línea que las asemeja. Bien podría verlos a todos diciendo, con total descaro: de malas los muertos, quién los mandó a morirse. 

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/mario-duque/

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