La democracia no se fortalece cuando desaparece el conflicto, sino cuando más ciudadanos deciden participar de este.
Desde el 31 de mayo, una palabra domina la conversación pública en Colombia: polarización. Los resultados de la primera vuelta presidencial dejaron al país frente a una segunda vuelta entre dos proyectos políticos. Abelardo de la Espriella (@ABDELAESPRIELLA) obtuvo alrededor de 10.360.000 votos (43,7%) e Iván Cepeda (@IvanCepedaCast) alcanzó cerca de 9.690.000 votos (40,9%), concentrando juntos casi el 85% de la votación válida.
Juanita León (@jleonlasilla) sintetizó esa sensación en un titular en La Silla Vacía (@lasillavacia): “Colombia va a una segunda vuelta entre dos proyectos excluyentes”. Ahora bien, la principal lectura de estas elecciones, no es el enfrentamiento entre estos dos extremos, sino la consolidación de una ciudadanía más politizada.
La participación electoral en primera vuelta alcanzó el 57,8% del censo electoral, más de 23 millones de personas, la cifra más alta registrada desde la Constitución de 1991, superando el 54,2% de 2018 y el 54,9% de 2022. Nunca tantos colombianos habían acudido a las urnas en una primera vuelta presidencial.
Pero la participación no comenzó el domingo. Empezó meses atrás. Bastaba observar las redes sociales, los debates públicos, las reuniones ciudadanas, los encuentros territoriales y el activismo digital. Con frecuencia se critica la intensidad de esas discusiones, pero una democracia saludable requiere ciudadanos interesados, movilizados y dispuestos a defender públicamente sus convicciones.
La cultura política de la democracia no se reduce al conocimiento de las instituciones o al acto mecánico de depositar un voto. Implica interés por los asuntos públicos, disposición al debate en medio de la diferencia, identificación con proyectos colectivos y voluntad de participar en las decisiones que afectan el destino común. Desde esta perspectiva, lo ocurrido durante la campaña presidencial de 2026 constituye una señal alentadora.
La izquierda alcanzó el mejor resultado presidencial de su historia en primera vuelta. Después de los 2,6 millones de votos obtenidos por Carlos Gaviria en 2006, los 4,8 millones de Gustavo Petro (@petrogustavo) en 2018 y los 8,5 millones en 2022, Iván Cepeda logró superar los 9,4 millones de votos. Durante gran parte del siglo XX, la izquierda colombiana ocupó una posición marginal en la competencia presidencial. Hoy representa una de las grandes corrientes políticas del país.
Una democracia madura no es aquella en la que todos piensan igual, sino aquella en la que distintas visiones de sociedad pueden competir legítimamente por el poder.
Al mismo tiempo, el resultado confirma otro fenómeno histórico: la reorganización de la derecha. La victoria de Abelardo de la Espriella no es solamente un triunfo individual. Es la expresión de una derecha que, después de varios años de fragmentación, encontró nuevamente un liderazgo capaz de unificar a buena parte de la oposición. Lo que algunos analistas ya denominan el “posuribismo” (@AlvaroUribeVel) comienza a adquirir contornos propios. La derecha colombiana parece haber encontrado una nueva narrativa, más rádical, un nuevo liderazgo, más populista, y una nueva capacidad de movilización electoral, más eficaz. Ello no solo será determinante para la segunda vuelta presidencial, sino también para las elecciones locales y regionales en octubre de 2027, que desde junio de 2026 empiezan a calentar.
El problema aparece en otro lugar. Entre esas dos grandes corrientes quedó atrapado el centro político. Los resultados de Sergio Fajardo (@sergio_fajardo), Claudia López (@ClaudiaLopez) e incluso de Paloma Valencia (@PalomaValenciaL) y su fórmula Juan Daniel Oviedo (@JDOviedoAr) muestran que el espacio de la moderación perdió capacidad de convocatoria frente a proyectos más identitarios, emocionales y confrontacionales. Para quienes seguimos creyendo en un liberalismo progresista, republicano y democrático, el desafío consiste en reconstruir una narrativa capaz de competir en un escenario crecientemente polarizado, sin renunciar a la deliberación en medio de la pluralidad, pero con la capacidad de llegar a acuerdos.
Como señaló Pierre Rosanvallon en “La legitimidad democrática” (2008), la democracia no es únicamente un conjunto de instituciones y procedimientos electorales; es también una forma de implicación permanente de los ciudadanos en los asuntos públicos. Desde esa perspectiva, la principal noticia de esta primera vuelta no es que Colombia esté dividida. Las democracias siempre lo están. La verdadera noticia es que millones de colombianos decidieron involucrarse activamente en la discusión sobre el rumbo del país, y eso es muy valioso para la democracia.
La sociedad colombiana sale de esta primera vuelta más polarizada, sí. Pero también más participativa, más movilizada y más consciente de su capacidad de organización política, más fortalecida. Y aunque ello represente enormes desafíos para el centro político con el que me identifico, prefiero una democracia como espacio de discusión que como escenario de indiferencia. Las democracias suelen debilitarse cuando los ciudadanos dejan de participar, no cuando deciden hacerlo con convicción. ¡Que viva la democracia colombiana!
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