Qué le hicimos a la 13

Hace un par de semanas vino de visita una amiga de Sudáfrica. Como hago con casi todos los que llegan por primera vez a Medellín, la llevé al tour de la Comuna 13.

Siempre me había parecido una de las mejores formas de contar la historia de Medellín: sus conflictos y contrastes, su gente, su creatividad, su arte, su música y su capacidad de reinventarse.

La primera vez que hice el recorrido fue hace tanto tiempo que ya ni recuerdo la fecha exacta. Quizás 2014. Volví en 2019, en 2021, en 2023 y, finalmente, la semana pasada.

Esta vez salí profundamente decepcionada.

Mientras el guía nos explicaba, orgulloso, que la Comuna 13 se ha convertido en uno de los destinos turísticos más visitados de Colombia, con cerca de dos millones de visitantes al año, yo no podía dejar de preguntarme si esa era realmente la experiencia que queríamos mostrarle al mundo.

El cambio no fue de un día para otro, sino progresivo. Las primeras veces recorrí un barrio vivo. Había grafitis que contaban cómo el arte había ayudado a superar la violencia. Se veían vecinos conversando en las esquinas, niños jugando, ventanas abiertas y señoras regando sus plantas. El turismo convivía con la vida cotidiana de la gente.

Luego llegaron los bailes, el rap, el mango biche, pequeñas galerías y negocios donde los visitantes podían comprar algo hecho por la comunidad. Todavía se sentía auténtico.

Esta vez, el barrio había desaparecido.

Cada dos metros surgía una nueva invitación: una terraza, una demostración, un punto para la foto perfecta, un negocio más. Era casi imposible caminar sin que alguien intentara venderte algo. Los grafitis originales, aquellos que narraban la memoria del lugar, quedaron ocultos detrás de toldos, terrazas, letreros, escenarios para selfies y tiendas de souvenirs. En su lugar aparecieron enormes manos de plástico, micos gigantes, alas de ángel, cristos con carriel, letreros luminosos y toda clase de decoraciones extravagantes.

Bares que invaden el espacio público compitiendo a todo volumen, jóvenes llamando a los turistas a entrar, souvenirs y, cómo no, el inevitable recuerdo de Pablo Escobar.

Ya no hay niños jugando, ni vecinos caminando con tranquilidad. Hoy es un parque temático que entró, sin pedir permiso, a la casa de la gente.

No sé si eso es lo que los visitantes esperan encontrar. Lo que sí sé es que no fue lo que quise mostrarle a mi amiga.

Curiosamente, ahora el recorrido sí cuenta muy bien la historia de Medellín, la de hoy: una ciudad que aún no logra desprenderse del narcotráfico del que no hemos podido huir, y que reemplaza sistemáticamente lo viejo por lo nuevo, la memoria por el espectáculo, lo profundo por lo superficial, lo auténtico por lo llamativo, lo valioso por lo barato y lo propio por lo ajeno.

Tal vez todavía estemos a tiempo de recuperar la Comuna 13. No se trata de rechazar el turismo ni el dinero que trae, pero sí de exigir que esa prosperidad venga sin destruir lo que la hizo grande: su historia, su arte y su gente. 

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/daniela-serna/

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