El domingo fue un día extraño.
Como muchos colombianos, me tragué un sapo. Ninguno de los dos candidatos me representaba plenamente. Mi voto no fue por convicción, sino por rechazo a la continuidad de un proyecto que prometió una cosa y terminó haciendo exactamente lo contrario.
Más que esperanza, sentía alivio de que por fin terminara una campaña llena de odio y confrontación. Una segunda vuelta entre un candidato que cuestiona pilares institucionales y otro que ha mostrado rasgos autoritarios y un tono despectivo hacia quienes piensan distinto no era, precisamente, un panorama inspirador.
El resultado estrecho tampoco me produjo tranquilidad. Al contrario, confirmó que Colombia está dividida en dos. Cuando se declaró la victoria del candidato por el que voté, quise contagiarme de la euforia que se veía en las calles y en las redes sociales, pero no pude evitar preguntarme: ¿qué es exactamente lo que estamos celebrando?
No creo en salvadores ni en milagros políticos. Ahora que ya ejercen el poder, no basta con repetir “fuera Petro”. Aquí empiezan las soluciones reales. Gobernar es mucho más difícil que hacer oposición, y los problemas del país no se van a resolver por arte de magia, como ellos mismos lo prometieron en campaña.
También me sorprende la celebración de quienes aseguran que “se salvó la democracia”. Vale la pena recordar qué significa realmente esa palabra. La democracia no es simplemente que gane nuestro candidato. Significa respetar las instituciones, las reglas del juego, las diferencias y entender que quien piensa distinto no es un enemigo al que hay que eliminar.
Por eso sorprende que se considere demócrata a quien ha dicho abiertamente que “hay que estripar a la izquierda”, que otras corrientes políticas “no tendrán cabida” y que propone expedir más de 90 decretos para gobernar sin necesidad de negociar con el Congreso.
Sería una amarga ironía que quienes denunciaron durante cuatro años los excesos del poder ahora los justifiquen solo porque ese poder está en sus manos.
Vale la pena aprender de los errores del gobierno saliente. Gobernar desde la confrontación permanente, la victimización y la búsqueda constante de culpables termina pasando factura. La gente no quiere más excusas, quiere resultados.
Rescato lo positivo: la alta participación ciudadana, la rapidez con que se contaron los votos y la excelente organización de la jornada. Además, que el país haya dado nuevamente un viraje ideológico del poder, sin grandes traumatismos ni escándalos mayores, demuestra la transparencia y la seriedad de la Registraduría Nacional.
Pueda ser que ADLE, ahora como presidente, cumpla lo que prometió en su discurso de victoria y entienda de verdad que Colombia es una sola. Que gobierne para todos, no solo para sus votantes, y que defienda y respete la Constitución.
Al final, recordemos algo importante: Colombia no la construyen los políticos. La construyen los ciudadanos, día a día, con su esfuerzo, su trabajo y su capacidad de convivir a pesar de las diferencias.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/daniela-serna/