El verdadero reto no es ganar, sino gobernar. El 2026 es año electoral; todos los candidatos buscarán convencer a toda costa a Colombia entera de que son la mejor opción, prometerán cambios y asegurarán que el mejor lugar donde el país puede estar es en sus manos.
Pero no habrá propuestas que valgan si olvidamos un paso muy obvio: ¿con qué se financiarán? Parece implícito, pero aunque muchos tengan claro que antes que nada hay que hacer presupuestos, un plan de gobierno y una idea bien estructurada, ya hemos sido testigos de que nunca falta quien haga cuentas con plata que no tiene.
Hace unos días Standard & Poor’s, una de las calificadoras de riesgo más importantes del mundo —capaz de afectar las decisiones de inversión en una nación—, indicó que ve bajas probabilidades de que el gobierno actual de Gustavo Petro corrija sus cifras rojas fiscales. La noticia es negativa y envía una muy mala señal al mercado para invertir en el país.
Colombia no puede negar que requiere inversión. Aunque quisiéramos, no producimos ni tenemos el crecimiento suficiente para reinvertir en el país sin recursos extranjeros (aunque provengan de privados que ven futuro en nuestro territorio).
Si bien económicamente es óptimo organizar las finanzas y proponer un plan de austeridad que reduzca el déficit fiscal actual, política y socialmente no lo es. Ya nos dimos cuenta de que el populismo es quien está tomando las decisiones que mueven la economía, y con justa razón, cuando el mismo gobierno está también en campaña política. El 23% de aumento al salario mínimo no tenía fundamento técnico; sin embargo, ¿quién no quiere que le suban el salario? Esa fue una verdadera clase de populismo.
Paradójicamente, a pesar de los incansables argumentos del gobierno alegando que no hay dinero —dejando en crisis a más de un sector económico por «falta de recursos»—, esta administración ha sido históricamente una de las que mayor gasto público ha realizado y mayores déficits ha obtenido por la brecha entre ingresos y gastos. A pesar de un recaudo tributario normal, estamos mucho más endeudados y el dinero alcanza cada vez menos (sin mencionar que aún no sabemos muy bien dónde verdaderamente se invirtió o si fue efectiva esa inversión).
El panorama para este año es incierto. El precio del petróleo, una de nuestras principales fuentes de ingreso, parece tender a la baja y tendremos menos dinero. La deuda es cada vez más alta; hace poco adquirimos un préstamo en Suiza y se han estado emitiendo nuevos bonos a largo plazo. Eso, sumado a algunas políticas de Estados Unidos, ha hecho que el precio del dólar baje.
Suena bien, y pareciera que un dólar bajo —que abarata los productos importados— fuera muy bueno. Sin embargo, con los menores ingresos por petróleo, el mayor déficit fiscal y las calificadoras de riesgo dando percepciones negativas sobre el país, es muy probable que pesar de ello, a Colombia le salga más costoso el endeudamiento y que la brecha entre deuda e ingresos, en vez de disminuir, crezca.
¿Qué hacer? ¿Cómo solucionar el problema actual? La respuesta la tendrá que descifrar el próximo gobierno. El actual está dando señales de que ya no hará mucho más y, aunque podríamos creer que no es posible empeorar las finanzas, no sería de sorprender que lo logren.
Quien gane las elecciones este año se dará cuenta de que ya se gastaron lo que correspondía a este año y que su plan de gobierno tendrá que apretarse, ajustarse y tal vez corregirse en función de los ingresos reales. Tal vez, tendrá que asumir el costo político de cobrar impuestos, aunque la situación no sea directamente su culpa.
La habilidad para administrar bien, ser austero y solucionar los inminentes problemas de seguridad, salud e inflación que nos persiguen y no dan espera, será un talento que sí o sí deberá tener el próximo mandatario.
Y aunque creamos que la polarización supone un gran obstáculo para que el candidato que queremos gane (sea el sea), la verdad es que el verdadero reto no es ganar, sino saber gobernar una Colombia compleja, tal vez mucho más que en años anteriores.
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