Este domingo habrá elecciones en Colombia y, según lo que se proyecta, el país votará por mitades. La polarización, que no es nueva en un país que se ha matado por política desde el mismo momento en que se liberó de España, incluso desde antes, ha llegado a su pico, empujada en parte por dos candidatos que defienden modelos de país revanchistas.
Quien gane tendrá una tarea fundamental además de gobernar bien un territorio violento, pobre y desinstitucionalizado: bajar las armas contra sus contendores políticos, la misma que tendrá quien quede como jefe de la oposición. Que ambos sean conscientes de su papel para que no haya más tensiones en los almuerzos familiares, más violencia en la redes y más ideas divisivas es mucho pedirles a dos personas que no han hecho más que insultarse entre sí, pero es lo mínimo que deben hacer si es que quieren tener algún grado de legitimidad a largo plazo frente a todos los colombianos.
Con un resultado u otro no habrá nada qué celebrar ni de qué lamentarse tampoco; esto no es un partido de fútbol, así algunos lo quieran hacer ver como tal, uno sin posibilidad de empate siquiera, en el que uno de los dos lados se lo lleva todo. Juego de suma cero peligrosísimo que nos vendieron los políticos de este país, sobre todo los dos individuos que siguen vivos en la “carrera” presidencial, y que nos tiene creyendo que lo que hay que hacer es que medio país pierda y sufra para que el otro se sienta bien y tranquilo.
No, queridos lectores. Así no son las cosas. A partir del 21 de junio lo que hay que lograr es que Colombia no se rompa, y eso depende mucho más de usted y yo que de los dizque líderes que tenemos, que lo único que están logrando es que los vecinos y los familiares desconfíen entre sí basados en ideas difusas, posturas agresivas y una visión de país excluyente que nos han venido inculcando, o inoculando como un virus que vive de la mentira y el odio.
Depende de todos respetar las ideas contrarias, escuchar las posturas diversas y comprender que “el otro” también quiere lo mejor para Colombia, sólo que tenemos miedos o esperanzas distintas. Eso no nos hace enemigos.
Vaya y vote en familia este domingo y entienda que, gane quien gane, al otro día hay que levantarse a seguir luchando por este país que amamos. Y recuerde, querido lector, que el votante de Cepeda o el de Abelardo tiene tan buenos y tan malos argumentos como los suyos.
Nadie es mejor que nadie. Y todos somos colombianos.
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