Políticos e intelectuales biempensantes

Se escribe “biempensante” no “bienpensante”, porque siempre se escribe m antes de la consonante p, nunca n. Pensar bien, sería su traducción literal, pero en realidad en la actualidad refleja una zona de confort intelectual; la de quien prefiere estar moralmente a salvo antes que intelectualmente en riesgo. El biempensante es lo que podríamos llamar “políticamente correcto”.

El biempensante no es necesariamente ignorante, a menudo es culto, pero es conformista, prefiere las opiniones socialmente aceptadas. Eso lo lleva a confundir consenso con moral. Privilegia la buena imagen de sus ideas sobre sus consecuencias reales. Se considera que piensa “bien”, porque piensa dentro de los límites establecidos. Es alguien más preocupado por no incomodar que por transformar el margen.

A partir de la situación que se presentó en Venezuela el 3 de enero de este año, muchos biempensantes emergieron en X, el espacio público virtual, y político por excelencia. Salieron a quedar bien con sus pares intelectuales y políticos al hablar de derecho internacional, soberanía, autodeterminación, colonialismo, entre otras ideas más. Conceptos muy valiosos para el análisis de las ciencias sociales, pero poco prácticos para entender las relaciones de poder en el caso venezolano.

En los últimos años, con la confluencia en las redes sociales, en especial en X, de “intelectuales políticos” y “políticos intelectuales”, la distinción entre el escenario político y el intelectual se ha convertido en coartada, no para pensar mejor la política, sino para evadirla. El discurso intelectual está orientado a la interpretación. El intelectual trabaja sobre la teoría. En cambio, el discurso político busca la transformación. Toda palabra en política comunica, es una acción cargada de contenido que produce consecuencias. En política, la crítica es necesaria, pero insuficiente, porque debe transformarse en decisión.

El público del discurso, en el escenario intelectual es, por definición, minoritario: acepta la incomodidad que implica pensar la complejidad y las contradicciones de la realidad. El público político, en cambio, es masivo, atravesado por emociones, necesidades, problemas, miedos, expectativas materiales, etc. Aquí la palabra no se mide solo por su profundidad, sino por su capacidad de producir efectos concretos en la vida cotidiana de las personas.

Cuando el político se refugia en la crítica intelectual para evitar tomar una decisión incómoda, abdica de su función. Esto fue lo que vimos con muchos políticos colombianos, con ínfulas de intelectuales, que para pasar de agache en este caso, optaron por refugiarse en el derecho internacional antes que en los derechos humanos de los venezolanos. Tanto a esos políticos que se las dan de intelectuales, como a esos intelectuales que se las dan de políticos, les cabe el apelativo de “biempensantes”, porque “nunca quedan mal con nadie” como diría la canción de Los Prisioneros.

Ahora, esta tensión entre el plano político y el intelectual, no se resuelve eligiendo entre pensamiento o acción, sino reconociendo este conflicto permanente. La política sin crítica deriva en populismo; la intelectualidad sin riesgo se convierte en corrección política, en buen pensamiento. El desafío del político contemporáneo no es volverse intelectual ni tampoco despreciar la intelectualidad como Trump, sino saber cuándo la crítica debe transformarse en decisión, aceptando desde la dialéctica materialista que toda decisión concreta sobre las condiciones materiales de existencia, entra en contradicción con el pensamiento.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-felipe-suescun/

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