Si hubiera que pensar una imagen que represente a los gobernantes de buena parte de América y el mundo que ejercen hoy el poder, sería la de una mano levantando el dedo medio; una mano que les dice a todos los que los eligieron que se jodan, sin perder un ápice de relevancia o popularidad.
Es la era de la obscenidad en el espacio público, de la pornografía en la política. Hay muchas evidencias de esto, pero la más clara es la que difundió hace un mes Donald Trump desde su cuenta de Truth, el día de multitudinarias marchas en todo el país que gritaban “no kings” al unísono. En un video generado con inteligencia artificial se ve con una textura realista al presidente de Estados Unidos a bordo de un avión de combate bautizado para el caso King Trump. Aparece en primer plano con su máscara de oxígeno y luego la imagen es la del avión bombardeando las calles de una ciudad que parece ser Nueva York. Lo que cae sobre los manifestantes desde el aire son toneladas de excremento, con un rock ochentero de fondo a lo Top Gun.
Esta semana el mandatario le dijo “cállate cerdita” a una periodista y a otra le preguntó si “era estúpida” en una rueda de prensa. En la suma de hechos no hay límites. Y parecería que lo escatológico lo procaz son directamente proporcionales a la eficacia simbólica (y real) de su poder.
Pasa como con la pornografía. Dice Jean Baudrillard, uno de los grandes pensadores de la posmodernidad, que la imagen pornográfica, al intentar una réplica absoluta del acto sexual, lo que logra es una hiperrealidad que lo desprovee de erotismo. El exceso de transparencia y de información que supone la pornografía es extrapolable a la política, donde parece que todo se trata de mostrar en exceso. No con el fin de propiciar el escrutinio público sino con el de elevar el “rush” de las audiencias que, como los adictos al porno, cada vez necesitan más obscenidad, perversión y aberraciones para satisfacerse.
No es el único, Trump. Millei tiene su colección de actos obscenos. También hay que ver a Petro y sus facturas de compras en Europa, en las tiendas de Gucci, Prada o La Rinascente. Y en un club de streaptease. También sus consejos de ministros: política porno.
Se trata del fin de las apariencias; de cómo los políticos dejan de fingir corrección; de cómo alcanzan una notoriedad a lo Kardashian, mostrando en píldoras digitales aquello que normalmente dejarían fuera de escena. Algunos se quedan estupefactos y el resto, que son la mayoría, aplauden excitados y piden más.
Si el sexto se mutilaba de su erotismo con la pornografía, la política se queda sin la dignidad de los que están en el poder. Por eso es que hoy en día cualquiera puede ser presidente.
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