Perdón, es que publicamos información falsa

El director de El Espectador, Fidel Cano, pidió disculpas en Redacción al Desnudo: un practicante estuvo escribiendo artículos con información falsa. “Utilizó mecanismos fraudulentos para engañar a sus editores y producir contenidos no solo con un uso indiscriminado e irresponsable de inteligencia artificial, sino además sustentado en informaciones de fuentes inexistentes”. Era difícil darse cuenta, dice, tardaron meses y fueron muchos, demasiados. “Fallaron todos los controles y fallamos en nuestra promesa de rigor y apego a la verdad”.

De esas historias hay varias en las salas de redacción: periodistas que se inventan historias o fuentes, que traducen artículos en inglés al español y los firman como suyos, que usan datos de otros medios o de libros sin citarlos. No todas salen al público porque por supuesto es una vergüenza. Bien lo dice el director: “Por la revisión que hicimos se trataba de información más o menos obvia, no hacían recomendaciones de salud, o cosas por estilo, solo reforzaba ideas, pero el hecho es que publicamos información falsa, y es imperdonable que haya pasado todos los filtros”.

Me parece fundamental lo que hizo Fidel Cano, pedir disculpas —Redacción al Desnudo es algo que hace cada ocho días para analizar los errores de la semana—, y que además bajaran todos los artículos del muchacho publicados en internet, porque los afectados son los lectores que confían en la información que encuentran publicada en el periódico.

Lo que pasó es grave, y más en este momento en el que la credibilidad está al límite, sobre todo para los medios de comunicación tradicionales y cuando en redes sociales la información fluye sin mucho filtro —qué ironía, con tantos que hay para adornar la realidad.

Si bien no es nuevo el caso, hay que sumar el componente inteligencia artificial por varios motivos, pero uno en particular: el debate de los derechos de autor. La inteligencia artificial va sumando datos sin dar crédito —por el bien general, dicen, aunque las ganancias sean particulares.

La cosa es que los medios tradicionales están muy preocupados por ganar dinero y terminan informando con el afán de producir muchos artículos para sumar clics. Una de las fuentes periodísticas de ahora es ChatGPT, como si no tuviera un mensaje abajo advirtiendo que puede equivocarse, que revise la información importante —y que yo puedo ir a preguntarle directamente. También ya es un ayudante oficial en la escritura de artículos, con la aclaración de que fue revisado por un editor. ¿Y si fallan los filtros como fallaron con el practicante? Ahí no hay humano para echar.

El modelo del oficio periodístico está en crisis, y quizá los románticos sigamos pensando que la salvación está en las buenas historias, en las investigaciones, en lo que no puede hacer la inteligencia artificial como ir a la calle a hacer reportería. Lo pensamos por los ejemplos de medios alternativos que insisten, pese a lo difícil, en informar bien. Porque el oficio periodístico es eso, precisamente, informar, con lo que implica: responsabilidad, precisión, buena fe, reportería, contraste de fuentes, buenas fuentes, investigación, y todo eso que aprendemos los periodistas en la universidad o con la guía de buenos maestros.

Por eso la pregunta también debería ser qué clase de periodistas se están formando y cómo luchar contra la facilidad que trae la inteligencia artificial y los conceptos de derechos de autor y de atribución.

¿Qué es atribuir una fuente, por ejemplo? No tengo pruebas, y sí muchas dudas, y desde hace rato, de lo que justamente muchos creen que se puede usar o no sin dar crédito. Quizá el exceso de información nos esté dando la sensación de que no hay que decir de dónde se sacó o se leyó o que basta con decir es que lo vi por ahí.

Tengo un ejemplo: hace unos tres años alguien me pidió permiso para usar información de un artículo que había hecho, le dije que claro, si lo citaba, y él puso una referencia al artículo en alguna parte, pero las respuestas del entrevistado no estaban ligadas directamente a esa referencia y parecía que la persona hubiera hablado con él.

Qué es suficiente ahora, qué es dar crédito.

Porque a mí me enseñaron —y es casi un trauma— que todo lo que no fuera mío, una idea, una cita, un dato, una información, tenía que decir de dónde venía. ¿Será que ya cuento como dinosaurio?

Supongo, o claro que, los límites están en expansión, pero el debate, sobre todo en los medios de comunicación, tiene que asentarse pronto. Si la inteligencia artificial ya se entró a las salas de redacción, pues hay que enfrentarlo.

Que vuelva a entrar también la ética, si es que se fue a tomar café.

Hay mucho por cortar en lo que pasó en El Espectador, pero quizá lo que más tristeza me da es el periodista, y no creo que esto se aplique solo a este oficio, sino a los profesionales en general: dónde queda la responsabilidad. Otra vez: dónde está la ética. Por qué cabe en la cabeza el engaño. ¿Es pereza, es desconocimiento, es falta de pasión, es facilismo, es exceso de trabajo, es que le pusieron a hacer quince notas en un solo día? ¿Qué es? 

Cómo hacer para enfrentar este mal que se expande de falta de curiosidad, de ganas de saber, preguntar, aprender, pensar, de ser responsables con lo que decimos, con lo que hacemos, de ser honestos.

*Esta columna fue escrita con ayuda de una conversación sobre periodismo con mi amigo Mario.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/monica-quintero/

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