Busquemos soluciones. Eso me ha dicho mi mente estos últimos meses. ¿Cómo resolvemos al menos uno de los problemas del país? ¿Cómo hacemos para tener aunque sea una solución sensata?
Tenemos una nueva problemática económica que, a mi criterio, no deja de ser tan grave como las que ya existían: la crisis energética que le espera al país. Queramos o no, pareciera que todo se juntó. Cuando creíamos que el sistema de salud, la deuda y los problemas políticos ya eran suficientes para preocuparnos, aparece la crisis energética.
Podemos estresarnos por una razón más —un posible apagón y una disminución de la oferta de energía que eleve su precio y profundice aún más la inflación del país—, pero ¿qué ganamos con eso?
Usted puede desconectar algo, puede reducir el consumo de energía, puede procurar cuidar el agua, puede ser buen ciudadano. Y sí, yo también pienso que es poco, pero ¿qué más podemos hacer?
Quisiera tener una columna resolutiva, pero parece más una exposición pública de lo que mi mente piensa todo el día: buscar una solución, ofrecer al menos una propuesta. Una que no me responda «no tenemos dinero» o que diga, es demasiado difícil para usarla.
Todos quisiéramos tener dinero ilimitado. Yo quisiera que el Estado lo tuviera (ojalá sin corrupción y usándolo bien), ojalá para invertir en lo que debe, para pensar a largo plazo, para entender que los campos de energía eólica que debían entregarse en 2022 hoy son necesarios, o para cubrir los subsidios de los estratos 1, 2 y 3, que tienen obligaciones pendientes por 2,4 billones de pesos en los últimos meses con los proveedores de energía.
¿Quién dice que los problemas son consecuencia únicamente de hoy? Sí, el Niño viene con más fuerza que antes y los problemas económicos son mucho más agudos ahora, pero no nacieron hoy. Llevan meses, años, advirtiéndonos que el país se está quedando sin energía.
Entonces, ¿qué hacemos? Todos miran atrás, a ver qué no se hizo. ¿Y si miramos hacia adelante? Suena difícil, pero esta columna está dirigida a quienes quieren pensar en algo y no solo pensarlo, sino compartirlo.
¿Cómo construimos país? ¿Cómo resolvemos entre todos? No podemos quedarnos esperando que lo haga el Estado. Sí, debería hacerlo, sobre todo por la obligación que tiene con todos: nosotros pagamos impuestos y él responde a las necesidades de la sociedad. Pero, si el Estado no lo hace, ¿quién lo hace?
Hay nuevas iniciativas en la ciudad para pensar, encontrar soluciones y accionar cambios, pero esa es apenas una. ¿Qué sistema nos sirve para el problema actual de salud? ¿Qué método de inversión nos sirve para pensar en el sistema pensional? ¿Cómo resolvemos el problema de orden público y la soberanía del Estado?
No tengo la respuesta, y quizás por eso escribo: para no quedarme solo con la pregunta. Pero creo que el primer paso es dejar de esperar que alguien más empiece. Si usted leyó hasta aquí y también le da vueltas a esto en la cabeza, escribamos, propongamos, contradigámonos con argumentos, al menos así pensamos en algo. Construir país no es un acto heroico ni una gran reforma: a veces es solo dos personas que deciden pensar juntas en voz alta. Empecemos por ahí.
No escribo esto para concluir, sino para abrir. Las soluciones no vendrán de una columna, pero sí pueden empezar en una conversación. Y esa conversación, hoy, depende de nosotros.
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