Para escuchar leyendo: Nada que ver, Aterciopelados.
Si no recuerdo mal, eran seis mujeres con vestidos ceñidos en los alrededores del Centro Comercial Andino de Bogotá, en una de esas noches capitalinas tan frías que me preguntaba cómo podían estar ahí sin el temblor que me acomete a mí cuando camino esas calles.
Se iban pasando el micrófono y hablando de las supuestas desventajas de tener novia colombiana. Cada una respondía haciendo alarde de un deseo sexual desmedido, de una necesidad inmensa de atención masculina y de todo aquello que usted y yo sabemos que compone la imagen distorsionada que tienen millones de extranjeros cuando viajan a nuestro país a satisfacer sus retorcidos apetitos.
Y todas con el mismo dejo que supuestamente tenemos los paisas al hablar, pero que no es más que una exageración amanerada y sexualizada de lo que es en realidad el acento de nuestras mujeres. Una exageración que encaja perfectamente en la imagen distorsionada que convence a esos visitantes de encontrar productos en serie donde, en realidad, hay varias generaciones de personas —mujeres en su inmensa mayoría— que no tuvieron acceso a las oportunidades de una vida digna.
Sí, ese mismo dejo con el que Carolina Giraldo, Karol G, canta la canción homónima a esta columna, cuya letra bien podría ser el diálogo en spanglish de alguna de estas mujeres víctimas con el extranjero victimario.
Y lo digo con toda claridad, sin rodeos: víctimas y victimarios. Porque, aunque muchos podrán increparme alegando una supuesta decisión de vida, es una verdad de a puño que caer en las redes de los explotadores sexuales es un camino abonado por la falta de oportunidades, por entornos violentos y carentes, y por una ausencia de horizonte cuando se piensa en el porvenir.
Toda la mafia que se moviliza con los millones de dólares que genera el turismo de explotación sexual ha alimentado esa imagen y ese entramado que tan hondo ha calado en una Medellín que sigue escondiendo debajo del tapete esta verdad dolorosa. Las reflexiones que se generan en torno a este flagelo generalmente apuntan a las mujeres, blancos fáciles de acusaciones apresuradas que se niegan a reconocerlas como víctimas primarias y profundas de una esclavitud moderna.
Se pasa por alto a los carteles de la droga, a los extranjeros victimarios, a quienes venden esos malditos y mal llamados paquetes de turismo sexual, a quienes siguen explotando y enalteciendo las historias del capo que tanto dolor nos trajo, y a quienes, desde múltiples redes sociales, depredan a niños, niñas y jóvenes para arrebatarles la vida y el destino. Sin olvidar industrias «legales» —bares, hoteles, producción musical, turismo— que se prestan para hacer realidad el parque de atracciones para degenerados que algunos quieren perpetuar en nuestra ciudad.
Esto hay que acabarlo de raíz, con la presencia efectiva de un Estado que cuide sus fronteras y controle el ingreso de sus visitantes, pero, sobre todo, que garantice las condiciones dignas para el desarrollo de una vida plena. No podemos tolerar el eufemismo vergonzante y canalla de «industria sexual» cuando de lo que se trata es de víctimas y esclavitud.
Basta ya de los papasitos y los ay, qué rico, tú.
¡Ánimo!
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/santiago-henao-castro/