Al fin como que lo voy entendiendo, como que se me va haciendo claro qué es lo que significa cuando alguien dice, por lo menos en Colombia, que es de centro.
Esto es: reconocer lo mejor de cada lado del espectro político, aunque más poquito de un lado que del otro; criticar con fervorosidad las equivocaciones, vengan de donde vengan, pero con un poco más de inquina de un lado que del otro; condenar los atropellos, las faltas, la ilegalidad de cualquier político, pero perdonar —cuando no olvidar— más fácil las de un lado que las del otro.
Acaba de pasar. Permítanme abusar de Allen Ginsberg: He visto a las mejores mentes de mi generación diciendo que Paloma Valencia, la candidata del Centro Democrático —del Centro Democrático— es moderada. Y dicen más, que la llegada de Juan Daniel Oviedo (quien desde siempre ha estado políticamente del lado del Uribismo, que ha votado por el uribismo y que ahora habla de “las dudas de los falsos positivos”) la hace aún más moderada, porque Oviedo, cómo no, sí que es de centro.
Y hacia allá, sin dudas ni reproches, más bien con una esperanza que raya en la ingenuidad, he visto correr a muchos que se dijeron de centro. Hacia la moderada y su moderación.
Hay un rastro de historia política que demuestra todo lo contrario, que en el corpus político que ha representado Paloma Valencia existe una visión estrecha donde apenas caben unos pocos.
Empiezo por uno conocido: su propuesta, a todas luces racista, de un referendo para consultar la disposición de un país a todas luces racista para dividir el departamento del Cauca en dos: «Un Cauca indígena para que hagan sus paros, manifestaciones y invasiones y otro con vocación de desarrollo», porque es sabido, pensará ella, que indígenas y desarrollo son términos contradictorios.
Que eso pasó hace años, la defendieron algunos, entre ellos el director de la revista elmalpensante, Andrés Hoyos, en un debate en Twitter con el opinador Santiago Rivas. Pero hace poco una declaración de ella misma evocó ese espíritu del apartheid que convive en ella, como lo recuerda un artículo de la revista Cambio de septiembre de 2015: «“Les bloquearemos el acceso a alimentación y agua”: Paloma Valencia sobre resguardos indígenas que bloqueen las vías». ¿De dónde me suena ese crimen contra la humanidad de negarle a una población la posibilidad de saciar la sed y el hambre; por qué me parece conocida y actual esa fórmula tan parecida al asedio medieval que castiga por igual a niños, mujeres, ancianos llevándolos a una muerte lenta; por qué Paloma Valencia se siente envalentonada y tranquila proponiendo esa maldad?
Debe ser porque a ella no se lo parece. Y es por eso mismo que, cuando le preguntan por la masacre en la Franja de Gaza, por los bombardeos sobre la población civil, sobre la hambruna, sobre los francotiradores ensañados con los niños, puede responder ella, la moderada, con tranquilidad y sin sonrojo, que aquello no es un genocidio. No importa lo que diga la ONU, no importa lo que cuente Human Rights Watch.
Permítanme parafrasear —y actualizar— a otro poeta, a Víctor Heredia: tengo cierta memoria que me lastima, y no puedo olvidarme de Palestina.
Porque no, Paloma no es moderada ahora, aunque diga ella sobre ella misma que no es de izquierda ni de derecha. Y tampoco era moderada hace diez años, cuando se opuso con todos los argumentos, incluidos los falsos, como ese embeleco de la ideología de género, al Proceso de Paz (oposición con la cual renació y se fortaleció el uribismo, que parece ser la verdadera religión que ella profesa).
Su supuesta moderación tampoco le sirvió cuando le dijo a Iván Cepeda —también candidato y también senador, como ella— que no la fuera a mandar a matar, porque si Paloma ha demostrado que puede discriminar, también ha hecho méritos para que le quepa el adjetivo sectaria.
Ha defendido propuestas reaccionarias, como el esperpento de referendo que quiso adelantar Viviane Morales. Se ha opuesto con ahínco a procesos de justicia y verdad en la JEP
Y es ese personaje al que ahora despierta esperanzas en buena parte del electorado que se sentía perdido ante el naufragio de Sergio Fajardo. Se sienten felices y bien representados por ella porque, quién más, quién menos, no se ha puesto del lado de criminales de guerra o ha sido un “poquito racista”.
Paloma es como es, siempre lo ha sido aunque intente matizarlo. Lo que me asombra es que haya tantos que se lo nieguen a sí mismos.
Para quienes parecen oponerse a todo eso, hay que dar tremenda voltereta para votar por alguien así.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/mario-duque/