Para escuchar leyendo: Yira yira, Enrique Santos en la voz de Carlos Gardel.
El pasado tiene respuestas para el presente, más seguido de lo que uno reconoce.
Durante las últimas semanas he disfrutado el trabajo que Olga González realizó entorno a la figura del exministro Gabriel Turbay y aquella elección fatídica de 1946. Alrededor de Turbay existe un hilo de olvido que es cuando menos injusto, porque este era un hombre de Estado en el sentido más noble del término: formado, sereno, con una visión de país que buscaba mejorar la vida de los colombianos de a pie; era un liberal en el más estricto sentido del término, que había entregado su vida hacia la construcción de lo que él creía era la mejor Colombia posible.
Era un hombre bueno, de provincia y hecho a pulso, y fue victima del pacto de la clase alta capitalina quien, desde el Conservatismo, pero también desde el Liberalismo, hizo todo lo posible para evitar su ascenso hacia la Presidencia. En el camino, la división que propició Jorge Eliecer Gaitan, la traición de López Pumarejo y otros, la campaña sucia, la xenofobia, la violencia, la monstruosidad de Laureano Gómez y la aparición de una candidatura fugaz de Mariano Ospina lograron su cometido.
Ochenta años después, la lección sigue sin aprenderse del todo.
Colombia vuelve a estar en uno de esos momentos en que el país se juega algo importante. No es la primera vez, no será la última. Pero hay elecciones que definen el tono de una época. La de dentro de ocho días es una de esas, como la de hace ochenta años.
Y uno mira alrededor y siente el mismo vértigo de 1946: energías dispersas, causas nobles compitiendo entre sí, el aparato mediático manoseado por mezquinos adinerados para enterrar candidaturas decentes y establecer como verdad una asqueante mentira, el legítimo desacuerdo convertido en obstáculo. Como si hubiera una dificultad congénita para sumar, para entender que la unidad no es traición a las convicciones propias sino el único camino para que esas convicciones tengan algún efecto en el mundo real, que a veces es la tabla de salvación para mantener la cordura ante la barbarie y el desastre. Que sumar es en ocasiones el único y más difícil camino para mantener la patria.
Entonces, ocho días antes de ir a las urnas, yo me siento en la obligación de decirle -aunque sea a la nada- a Colombia que no necesita hoy un salvador. Necesita un voto serio, sereno y a estas alturas, realista. Que sepa que el país no se arregla desde la polarización sino desde el encuentro. Que tenga la valentía de decir verdades difíciles sin la soberbia de quien cree tenerlas todas. Pero también que entienda su tiempo y el abismo ante el cual nos paramos desde el borde. Que el ideal es para caminar, pero nunca pa´ tropezarse con él.
Turbay no llegó a ser presidente. González lo rescató del olvido con rigor y con afecto, y nos devuelve con su libro una pregunta incómoda: ¿cuántas veces hemos dejado ir lo que necesitábamos por no saber ponernos de acuerdo? Dentro de ocho días debemos sumar para proteger lo fundamental ¡Que mañana sigamos teniendo país!
¡Ánimo!
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