El petricor es el aroma a tierra mojada que se produce cuando la lluvia cae sobre suelos secos. Ese olor, tan evocador, suele asociarse con la nostalgia, con la idea —muchas veces engañosa— de que todo tiempo pasado fue mejor. Algo de eso parece estar ocurriendo hoy en Colombia: un extraño “petricor” político que ha comenzado a “romantizar la historia del M-19 y su supuesta labor”, una narrativa que, francamente, cuesta entender.
Más allá de episodios coyunturales o decisiones administrativas puntuales, lo verdaderamente preocupante es el clima discursivo que se viene consolidando. No se trata de un hecho aislado, sino de una tendencia cada vez más visible: la de reinterpretar el pasado violento del país bajo una narrativa indulgente, en la que los responsables terminan convertidos en protagonistas casi legítimos de la construcción democrática. El problema no es el debate en sí, sino el punto de partida desde el cual se está dando: uno en donde la memoria parece comenzar a distorsionarse peligrosamente.
Hoy asistimos a la construcción de una nostalgia guerrillera, en la que el M-19 —y, en ocasiones, incluso las “extintas” FARC-EP— aparecen no como lo que fueron, sino como actores casi heroicos dentro de la historia democrática colombiana, resaltando sus compromisos de paz y minimizando su pasado armado. Esta lectura no solo es simplista, sino profundamente peligrosa. Una democracia no se fortalece maquillando la violencia que la ha amenazado.
Sería absurdo —y moralmente inaceptable— que alguien ensalzara hoy a los grupos paramilitares por sus supuestos aportes al orden o a la seguridad. Sin embargo, cuando se trata de ciertos grupos guerrilleros, pareciera que la vara moral se flexibiliza peligrosamente. Ese doble rasero es, en sí mismo, una forma de degradación del debate público. La realidad es que el M-19 hizo más daño que bien. Si bien fue un actor relevante en el proceso que desembocó en la Constitución de 1991 y su desmovilización marcó un hito en el conflicto armado colombiano, lo cierto es que dejó una herida democrática que, hoy en día, no ha podido ser sanada: la peligrosa creencia de que las armas son un medio legítimo para la consecución del poder político, y de que todo aquel que transita por un proceso de desmovilización o diálogo se convierte automáticamente en un abanderado de la paz.
Esa es la verdadera herida. No solo la violencia ejercida, sino la legitimación implícita que algunos pretenden otorgarle a posteriori. Como si la historia pudiera absolver, por conveniencia narrativa, lo que en su momento fue inadmisible. No. El verdadero compromiso con la democracia y con las instituciones no se demuestra simplemente dejando las armas para dedicarse a la vida civil, como algunos nostálgicos de pasados delictivos pretenden hacernos creer.
El verdadero compromiso con la democracia se demuestra viviendo y actuando en sociedad, nunca empuñando un arma y jamas pretendiendo, a través de la violencia, conseguir lo que no se logra con las ideas en el debate público.
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