Nos mataron a Mateo

El mapa aún no está actualizado. La cifra sigue siendo la misma del 24 de abril del año en curso. Ciento sesenta y nueve. Hace falta, pues, sumarle uno más: Mateo Pérez Rueda. Con él, la cifra actual de periodistas asesinados por su oficio, desde el 12 de octubre de 1938 hasta el 10 de mayo de 2026 es de ciento setenta personas según las cuentas de la Fundación para la Libertad de Prensa (Flip).

Mateo es, entonces, el más reciente –porque con toda razón y dolor e impotencia no podremos decir que el último–. Tenía 25 años. Era el director del medio El confidente de Yarumal. 

Lo asesinaron las disidencias al mando de Alexánder Díaz Mendoza, más conocido por su alias: Calarcá. O que fueron las disidencias de esa disidencia, dicen. Para el caso puntual de quién sigue aquí entre nosotros y quién no, lo mismo da. Según el mismo mapa, Antioquia es el segundo departamento de Colombia donde más periodistas asesinan. Van 22.

“Hay gente en Colombia que se la ha jugado para que otros sepamos lo que otros quieren esconder, para que sea hagan evidentes las mentiras. Escarban en los rumores para encontrar lo cierto, los hechos, lo verificable. Hacen periodismo”, escribí hace más de un año en otra columna, porque Colombia es una espiral de violencia que no cesa. De amenazas y asesinatos.

Mateo pertenecía a esa gente. 

Pero hay otra gente. A estos otros no les gusta que se cuente lo que hacen. Y para evitar que eso ocurra, para que nadie diga de ellos nada que a ellos les moleste, recurren a su propio poder: al que les dan las armas, el dinero, sus cargos públicos o privados. El objetivo es el mismo, silenciar al periodismo. 

Hace años estuve en algo que se llamaba Newseum, un museo interactivo sobre el periodismo que ya no existe. Recuerdo haber visto allí una pantalla como un mural donde resaltaban en diferentes tonalidades de rojo los países donde es más peligroso ejercer el periodismo. Colombia no estaba pintada con el oscuro granate, pero tampoco con el blanco de la libertad para ejercer el periodismo.

Cuestionar siempre ha sido un ejercicio riesgoso en estas tierras. Sobre todo allí donde Mateo ejerció el oficio: lejos de los centros de poder de las grandes ciudades, donde hace años el estado es un convidado de piedra y el poder lo ejercen los que se imponen por la fuerza. ¡Nos mataron a Mateo!, digo, porque lo siento un poco mío porque soy periodista, pero también porque soy humano y me duele el dolor de su madre y de su padre.

¡Nos mataron a Mateo!, repito, porque debería acongojarnos a todos un poco que silencien a los que no se dejan silenciar para que todos oigamos, fuerte y claro que aquí falta mucha noche todavía para el amanecer de un nuevo día.

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