Lo abrazan y le dicen que lo perdonan, y los tres lloran,
[lloramos].
Perdonan que él hubiera ordenado el asesinato de su padre, John Darío Giraldo Quintero: una guía lo señaló, él intentó escaparse, lo persiguieron, le dispararon, lo hirieron en la cabeza, caminaron con él durante horas, lo asesinaron y lo presentaron como guerrillero muerto en combate.
No lo era.
Yésica Natalia Giraldo Marín, su hija, tenía cuatro años. Era 6 de septiembre de 2003.
Ella y su abuela, Rosalba Quintero, le dicen que lo perdonan: ustedes asumiendo su responsabilidad y nosotros enfrentando este dolor, como muestra de nuestro perdón real y sincero, queremos brindarle un abrazo, si lo permite y si lo desea.
Y él se lanza al suelo, a sus pies, y ellas lo abrazan, y lloran y él dice, perdón, y ella dice, perdonado, y ella dice, este es un momento que nosotros necesitábamos para poder sanar y salir de este dolor, y él dice, yo también necesitaba esto con todo mi corazón, y ella dice, nosotras también, y él dice, perdón por causarles tanto dolor y sufrimiento, y ella dice, le aceptamos ese perdón.
Quizá esta historia me conmueve porque desde hace días vengo pensando en qué es el perdón.
Tal vez lo he confundido con venganza: cuando era niña quise encontrar al asesino de mi papá, mirarlo, preguntarle por qué. Quería la verdad, pero también que estuviera en la cárcel.
Pronto, sin embargo, entendí que la venganza no era el camino: nunca, nada, hace que un muerto regrese. Lo entendí: no quiero vengar al padre. No quiero (porque no soy una asesina) matar a nadie por represalia. No creo que este país necesite gente que vengue a alguien porque esa ha sido también una razón de esta guerra in-continuum.
Tampoco es que hubiese cómo saber quién lo mató. La justicia en este país se queda en el archivo de las diligencias porque “como quiera que no fue posible identificar o individualizar a persona algunas como presunto autor o partícipe del hecho punible, al igual que no fue posible establecer los móviles del mismo (SIC)”.
Entonces empecé a decir que perdonaba a ese que mató al papá, y lo perdonaba por una razón egoísta: estar tranquila. No quería cargar con las ganas de venganza, con tantas preguntas, cuando tenía la respuesta importante: un muerto.
Supongo que tenía que ver con la culpa judeocristiana, con eso de que perdonar nos abre las puertas del cielo.
Supongo, sobre todo, que también he confundido el perdón con rencor. Perdonar para no sentir rencor. Pero el rencor es otra cosa y quizá eso fue lo que hice hace muchos años, dejar de sentir rencor por quienes asesinaron al papá. Es que no tengo ningún sentimiento: ninguno.
Y lo que he estado pensando estos días, justamente, es que no lo he perdonado ni lo quiero perdonar, y que lo que más me interesa es la palabra olvido: no creo en el olvido porque a los muertos hay que recordarlos, visibilizarlos, reconocerlos: los mataron (o los desaparecieron o…). Más en este país en el que tantos tratan de esconder los hechos, de negarlos, de olvidarlos.
Así que no quiero olvidar que al papá, a Eduardo Quintero, lo mataron en este país por ser un líder social de izquierda, pero también quiero reconocer (yo, Mónica) que no perdono, porque no quiero perdonar al que disparó ni al que lo mandó a matar. Que no les limpio su consciencia. No los perdono porque hay cosas que no son perdonables, y que eso no me quita la tranquilidad porque no lo maté. Lo mataron ellos.
Solo he sido lo que hay después.
Todo esto lo venía pensando hasta que vi a Yésica y a su abuela perdonando a ese hombre, sentí la sinceridad de sus palabras, y me he preguntado por qué no he cambiado de opinión, si tanto me conmueve, y la respuesta es justamente esa: la verdad.
Hay en ese abrazo algo muy importante para que el perdón sea posible: además de que él pide perdón, Yésica le dice al final: gracias por habernos contado la verdad y por haber estado en frente de nosotras, y esperamos siga colaborando en muchos casos para que muchas familias puedan tener esta sanación.
Ya también se lo había dicho, y hay que repetirlo: ustedes asumiendo su responsabilidad y nosotros enfrentando este dolor.
La verdad es importante (el trabajo que hace la JEP es importante), y también la responsabilidad asumida, que quede claro que su papá no era un guerrillero, que lo mataron.
Pero en mi caso, y en muchos, no hubo ni ha habido verdad.
No tenemos a nadie a quién perdonar: no sabemos el quién.
Y quizá lo que quiero decir es eso: que está bien. Que el perdón es un acto de amor importante, pero que no siempre es posible, y está bien. Eso no significa que no podamos sanar ni dejar de sentir rencor. Eso no significa que no sanemos. Sanamos. Porque con los muertos pasa eso, que seguimos viviendo, pero son parte de lo que somos.
El perdón necesita más reflexiones y menos culpas.
También necesita un quién.
Pero sobre todo, ojalá esa imagen del abrazo se repita. Que sea una constante.
Nosotros, todos, también lo necesitamos.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/monica-quintero/