No han pagado y ya se debe

O nos financiamos con deuda o con ahorros. Ese ha sido el dilema básico del consumo y la inversión desde que existe la economía. Y diciembre, con toda su carga cultural y emocional, nos recuerda que casi siempre elegimos la primera opción.

Este es el mes en el que el consumo se dispara: llegan las primas, los bonos de desempeño, las fiestas de oficina, las reuniones familiares y, sobre todo, esa tradición muy colombiana de estrenar el 7, el 24 y el 31. Sabemos que “dar traído” es casi un deber social, y si la plata alcanza, la Navidad viene con cenas, eventos y un gasto que va mucho más allá de lo racional.

Y aunque diciembre trae mejores ingresos para muchos, el componente cultural del gasto no se negocia. Algunos se endeudan, otros simplemente queman todo lo que reciben y en enero (como en los memes) no hay un peso para nada.

La impaciencia también es cultural. Queremos todo ya. Pero en economía, la paciencia paga: esperar suele ser la diferencia entre un gasto impulsivo y una oportunidad. Aun así, esta forma de pensar no es exclusiva de las familias. En realidad, es la misma lógica de este gobierno. Muchos sienten que no los representan, pero cuando uno revisa los hábitos financieros del país, la similitud es evidente: el 58 % de los hogares colombianos se financia con deuda, y el Estado hace exactamente lo mismo, con una deuda pública que ronda el 57 % a 59 % del PIB. Más parecidos imposible. Tenemos gobernantes que se comportan como nosotros: gastan hoy y dejan la factura para después.

Paradójicamente, el año no va a terminar tan mal en términos macroeconómicos. El crecimiento no es espectacular, pero no es malo. La tasa de desempleo —impulsada por la informalidad— está entre las más bajas de la historia. El dólar volvió a niveles que no veíamos hace años. En líneas generales, las cifras lucen razonables.

Pero hay una verdad que el gobierno evita decir, quizá por su costo político: las deudas que hemos acumulado y el estado real de las finanzas públicas. Porque aunque los indicadores parezcan saludables, cuentan otra historia: la de financiarse cada vez más con deuda, muchas veces por encima de los ingresos. Como quien compra el televisor a 36 cuotas sin saber bien cómo lo va a pagar, o quien gana dos millones, gasta cinco y llega a enero con un tsunami de cuentas vencidas.

El próximo presidente tendrá que asumir ese hueco fiscal, pagar la deuda que no adquirió, y apostarle a un programa de austeridad que lo pondrá en la mira de una ciudadanía acostumbrada a juzgar por lo visible, no por lo cierto. Ya lo vivimos con el Fondo de Estabilización del Precio de la Gasolina: uno fue el villano y otro el héroe, aunque subir la gasolina era inevitable. Era simplemente el costo de haber gastado más de lo que había.

La deuda, por sí sola, no es el problema. De hecho, es una herramienta poderosa para financiar proyectos públicos. El riesgo es su mal manejo. Cuando aumenta sin necesidad o sin cálculo, el camino inevitable es uno: más impuestos. Y mientras muchos políticos prefieren diferir la bomba al que viene, el siguiente tendrá que repetir la frase que tanto odiamos: “es culpa del presidente anterior”. No es toda la verdad, pero tampoco es mentira.

Ahí está la diferencia entre el populista y el gobernante. El populista vende la ilusión sin preocuparse por la factura. El gobernante, en cambio, decide si vale la pena venderla sabiendo que alguien —él o el que llegue después— tendrá que pagarla.

Y aunque la economía muestre crecimiento y una aparente sensación de bienestar, la realidad es que más impuestos siempre dejan cicatrices sociales. Financiarse con deuda trae intereses, y cuando los cálculos se hacen mal —como suele ocurrir— terminamos lamentando un consumo que muchas veces ni recordamos, pero cuyo costo decidimos adelantar. Ojalá ser cada vez más racionales y entender que nunca, pero nunca, habrá almuerzo gratis.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/carolina-arrieta/

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