No cualquiera debería gobernar

En democracia, votar es un acto de enorme responsabilidad. Con cada voto entregamos poder: la facultad de decidir sobre recursos públicos, derechos, deberes y el rumbo de la sociedad. Por eso resulta tan preocupante la ligereza con la que a veces se asume tanto la aspiración a gobernar como la decisión de elegir a quienes lo harán.

Hay una dimensión ética del poder que pasamos por alto. No actúa correctamente quien decide aspirar a un cargo público sin haberse preparado para comprender lo que implica gobernar. Pero tampoco actúa correctamente quien vota por alguien sabiendo esa persona no está preparada. La democracia no es solo un procedimiento para elegir autoridades; también es una práctica de responsabilidad moral.

Gobernar no es una improvisación ni una aventura personal. Exige entender cómo funciona el Estado, cuáles son sus herramientas y también sus límites. Exige conocer la complejidad de los problemas sociales y asumir el poder como servicio, no como botín.

Cuando la política se llena de aspirantes movidos por el deseo de poder, dinero o estatus, la democracia entra en riesgo. En ese terreno prosperan los populismos más irresponsables: dirigentes que descubren cada día un nuevo enemigo, recortan derechos con ligereza, inventan guerras y se alían entre sí para protegerse de sus propios abusos.

Basta mirar alrededor. En el norte del continente, Donald Trump, embriagado de poder, hace realidad la peor de las pesadillas: la guerra; convierte el maltrato en bandera y el poder en escudo como estrategia para tapar sus propios abusos.

Nosotros, en Colombia, entramos de nuevo en temporada electoral con una larga fila de aspirantes cínicos y peligrosos. Pero también —conviene decirlo— con la posibilidad de elegir con criterio entre un puñado de candidatos que sí saben lo que están haciendo, por qué lo hacen y para qué quieren gobernar.

No se trata solo de exigir hojas de vida llenas de títulos ni diplomas de las mejores universidades. Cultivarse para el servicio público significa algo más elemental y más exigente: tomarse en serio el poder. Significa conocer los problemas reales de la población, escuchar a quienes saben, rodearse bien, entender las instituciones y asumir con humildad los límites de la autoridad.

En casi todas las profesiones entendemos que la preparación es indispensable. Nadie aceptaría ser operado por un cirujano que está improvisando. Sin embargo, toleramos que quienes aspiran a gobernar millones de vidas lleguen al poder sin formación, sin experiencia y sin reflexión ética.

Esa tolerancia es peligrosa. Porque cuando normalizamos la improvisación en el poder, la democracia no se fortalece: se reduce.

Por eso la responsabilidad no termina en las urnas. Votar exige informarse, escuchar argumentos distintos, conversar con otros y decidir con respeto por el ejercicio democrático. Y después del voto viene otra tarea igual de importante: hacer seguimiento, estar atentos, ejercer veeduría ciudadana y exigir a quienes elegimos que respondan por sus decisiones. La democracia no se cuida solo el día de las elecciones; se cuida todos los días.

A propósito: expresidente Pastrana, seguimos esperando sus respuestas. No nos vamos a cansar. No nos vamos a quedar calladas. #PastranaResponda #NoAlPactoDeSilencio.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/maria-antonia-rincon/

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