A mí, que poco me asombra en política, me sigue causando estupor la degradación del debate y el juicio político. No el de las tías –como peyorativamente se dice– sino el de muchos que son supuestamente informados, supuestamente moderados, supuestamente demócratas. Sí, solo supuestamente, como veremos.
Según estas personas la única opción moderada y democrática a la presidencia de Colombia es Paloma Valencia, con su moderado partido el Centro Democrático y su moderado jefe y “papá político”, Álvaro Uribe Vélez.
Según ellos, Abelardo de la Espriella (ADLE) y, especialmente, Iván Cepeda, son extremistas. Y este último un peligro para la democracia, porque, advierten con tremendismo, podría ser el último presidente electo, ya que nos convertiríamos en una dictadura.
La misma forma en la que etiquetamos y reducimos a los candidatos a sus versiones más degradantes da cuenta de nuestra incapacidad de comprensión, de diálogo y de respeto. “El abogado de la mafia” (refiriéndose a ADLE) o “el testaferro de las Farc” (aludiendo a Cepeda). La misma Paloma Valencia, “la candidata de Uribe” ha sido objeto de caricaturas repugnantes por parte de “Matador”. Tiene razón el gran Edgar Morin cuando nos advierte que somos clasificadores clasificados por nuestras clasificaciones.
Ahora, con el panorama político más decantado entre la izquierda y la derecha, los intolerantes –muchos de los cuales posan de demócratas, al tiempo que critican a los extremos y a los libertarios– se han ensañado con Sergio Fajardo. Lo pasaron de “tibio” a “intrascendente”, luego a “pusilánime” y, palabras necias, a “apátrida”, porque no renuncia a su aspiración presidencial y adhiere a Paloma. ¡Qué petición tan democrática! ¿Qué tal que desistiera para unirse a Cepeda?
Ella es, según una parte de la derecha y de otros tantos godos agazapados en el centro, la única garante de la democracia. “La moderada” que nos librará de los extremos, del comunismo y del castrochavismo que encarnan Petro y Cepeda. “Si gana Cepeda, no se va a morir tranquilo el pobre Sergio. Se va a levantar el país a cobrarle el resto de su vida”, escribe en un chat interno un columnista que ha sido fajardista. Y en esta línea hay miles de comentarios en redes sociales y medios de comunicación.
Porque así piensan muchos de los supuestamente informados, moderados y demócratas. Reducen el tema a Paloma-Cepeda, aunque, en realidad, es a la derecha contra la izquierda. A ADLE lo satanizan ahora, pero soslayarían su talante autocrático si pasa a segunda vuelta, con tal de derrotar a Cepeda. Votarán por él en secreto o le lavarán la cara, como ahora lo hacen con Paloma, tan extremista como Abelardo.
Harían lo que sea con tal de “destripar” a la izquierda, que es lo que realmente les aterra. En su momento también tildaron a Carlos Gaviria –que se definía como un liberal radical– de ser otro comunista castrochavista. Hasta a Jorge Robledo, cuando era del Polo Democrático, le pusieron esa etiqueta. No importa quién sea, siempre habrá un pretexto para satanizar a la izquierda. No es contra Cepeda, es contra la izquierda.
Se les olvidó toda la infamia e ignominia de Uribe y sus “buenos muchachos” durante sus dos gobiernos de “difuntos y flores”. De “falsos positivos”, de chuzadas del DAS, de contubernio con parapolíticos, a los que invitaba a votar sus proyectos mientras los metían a la cárcel. En fin, de prácticas abyectas, que atentaron contra la democracia que ahora, dicen, van a rescatar.
Les da pavor una constituyente, cuando el uribismo, como está probado y juzgado, compró la aprobación de la reelección, que ha sido uno de los actos de corrupción más desestabilizadores de nuestra historia. Les asquea –con razón– la corrupción del gobierno Petro, pero niegan la de ellos, empezando por Agro Ingreso Seguro. Lo que no podrán negar es que en esta campaña se rodean cada vez más de políticos y partidos corruptos.
Ante tanto acto espurio, Paloma Valencia, aun sin hacer parte de esos gobiernos, es mínimo lo que reconoce y mucho lo que niega de Uribe y de su partido. Así lo retrata, aunque tímidamente, un artículo publicado por La Silla Vacía esta semana, bajo el título Paloma ante las sombras de Uribe: algo de reconocimiento, mucha negación.
Es cuando menos peligrosa la tesis maniqueísta de que es o Paloma y la democracia o Cepeda y la dictadura. Son antidemócratas y totalitaristas quienes la defienden. Piensan de manera contrafactual y sin ninguna reciprocidad lógica. Tienen todos los temores sobre el talante democrático de Cepeda, pero ninguno sobre el autoritarismo, el mesianismo y el caudillismo que Paloma representa. Sufren de amnesia selectiva.
Lo más preocupante es que muchos de ellos son líderes de opinión –con tribuna y capacidad de influir sobre la percepción de otras personas–, pero parecen entender poco o nada. Algo tan sencillo como que Paloma, Cepeda, ADLE y hasta el mismo Fajardo, no salieron de la nada. No son un accidente de nuestra democracia, sino sus principales representantes hoy, como lo muestra la intención de voto. Son lo que somos como país y sociedad: los candidatos que tenemos y nos merecemos.
No son un karma social, sino la representación de las virtudes y aciertos de su ideología y proyecto político, así como de los defectos y yerros de sus oponentes. Aunque también sean productores de nuestra cultura, son más producto de ella: de nuestra precariedad política y de nuestra frágil democracia. Pero democracia todavía, con sus pesos y contrapesos.
Por eso gane el que gane, aunque la persona y su partido tengan tendencias autoritarias, no será el triunfo de la dictadura ni una falla de la democracia, sino la voluntad de una mayoría del país. En consecuencia, salvo un fraude evidente, habrá que respetarlo como un triunfo democrático.
Estoy convencido de que la izquierda no va a repetir y de que la derecha no tiene pierde, como lo muestran los más recientes sondeos y encuestas. Pero si tras dos siglos de predominio de la derecha en este país –el tercero más inequitativo del planeta, según el índice Gini– no se respeta un proyecto político de izquierda, cuyo propósito principal es, precisamente, reducir las desigualdades históricas, no entendieron nada. No son aptos para la democracia.
Si se hostiga a Fajardo para que capitule a favor de Paloma, ¿qué no harán con nosotros los mortales antiuribistas, así tampoco seamos petristas? Si así son sin haber ganado, ¿cómo serán ganando? Solo espero –deseo– que por lo menos no sean aptos para la satanización y criminalización de la oposición.
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