“Lo que más les duele a las víctimas no es la crueldad de los verdugos, sino el silencio de los espectadores”.
Elie Wiesel, sobreviviente del Holocausto, escritor, Premio Nobel de Paz.
Hay muertes de niños que duelen menos, pienso. Hay asesinos de niños menos monstruosos. Hay escenarios —rincones del mundo— en los que está justificado que acribillen niños, y que otros niños sean formados para acribillar, pienso. El dolor por un niño abierto que se desangra es relativo. Entonces el dolor no es dolor. El miedo a que un niño se convierta en asesino es relativo. Entonces el miedo no es miedo.
Se habla montones sobre la serie Adolescencia, buenísima, espeluznante. Además de lo impecable de ese plano secuencia y de sus actuaciones, se habla sobre el horror de la violencia entre niños y adolescentes, de su soledad en habitaciones dominadas por pantallas que abren puertas a presencias estremecedoras, a humillaciones, comparaciones, influencias, vacíos. Habitaciones cuyo eco, cuyos espejos, pueden crear asesinos. Y que entonces haya niños muertos a manos de otros niños.
Madres y padres sienten escalofrío. Esa posibilidad, la de que su hija o su hijo sean asesinados por un joven perturbado entre paredes y pantallas, o la de que el perturbado sea su hijo, les detiene la respiración. Ven una serie con un niño que puede parecérseles al suyo, una familia corriente en la que aparentemente nada podría ir tan mal. Y entonces esa sombra es aplastante. Esa muerte empuja a hablar, a analizar el mundo en que vivimos, qué se puede hacer mejor.
En menos de año y medio Israel ha asesinado a más de 50.000 personas en Gaza, de las cuales alrededor de 70% son mujeres y niños, es decir, más de 35.000 mujeres y niños han sido asesinados a manos de un estado democrático ante los ojos del mundo. Treintaycincomil. Despedazados, aplastados, desmembrados, de hipotermia, de hambre, de enfermedades cuyos tratamientos se detuvieron, de desolación. Multipliquen a Adolescencia por cifras e imágenes impensables. Y ahí no están contados los niños que han sobrevivido hasta ahora sin brazos, sin piernas, ciegos, con caras deformadas, sin pelo, sin hogar, sin padres, sin futuro. Muertos en vida.
En las Fuerzas Militares de Israel hay soldados desde los 17 años y la edad promedio es de 19. El “Informe Mundial Sobre Niños Soldados 2004 – Israel” de la Agencia de la ONU para los Refugiados incluye datos como que niños a partir de los 14 años recibieron entrenamiento militar, incluyendo el uso de armas; que las fuerzas israelíes presuntamente utilizaron tortura y otras formas de coerción para reclutar niños palestinos como informantes; y que grupos de colonos israelíes utilizaron niños para intimidar y acosar a palestinos.
Por favor, no estoy comparando una situación con otra, si es que alguien simplificó lo que digo hasta tal punto. Parto de lo obvio, de que toda violencia es el horror. Y por eso aterroriza el silencio frente a las violencias más bárbaras por el hecho de que no se nos parezcan a nada, de que no se nos acerquen, de que los padres no piensen ‘a mi hijo lo puede aplastar un misil’ o ‘lo puede despedazar un adolescente que ha sido adoctrinado para ser capaz —para desear— despedazar a otro que no conoce’. Aterroriza que solo se expresen dolor, indignación, pavor, cuando se presienten tragedias posibles. Que lo demás sea admisible porque está lejos, por improbable, justificable desde la cómoda idea de que así funciona el mundo.
Hay una carnicería humana —y animal y ambiental— ocurriendo diariamente. ¿Será suficiente para que hablemos de ella? También —y pensaría uno que sobra decirlo— sería importante entender que no son las redes sociales las que crean monstruos, sino el mundo distorsionado a través de ellas. Y cuando el mundo despedaza miles de niños y lo asume, ya imaginaremos lo que sucede en las mentes en formación.
Qué desconsuelo la indiferencia.
Habla Sergio C. Fanjul de un libro en el que Sarah Blaffer cuenta “que los supervivientes de Hiroshima pidieron que, por seguridad, el arsenal nuclear estuviera en manos de mujeres lactantes”, concluyendo que “la violencia se disuelve cuando se experimenta el cuidado”. Ojalá el mundo entero pudiera mirar a Gaza —y tantas otras tragedias que rompen a quienes la humanidad ha puesto en el último escalafón— con ojos de madre. Aunque, idealmente, sería suficiente mirarla con ojos humanos.
Otros escritos de este autora: https://noapto.co/catalina-franco-r/