La mirada de Gilles Lipovetsky sigue corriendo sobre la realidad social, pese a que La era del vacío se publicó en 1983. Es lo que pasa con las ideas poderosas, se quedan martillando. Su descripción del individuo narcisista— centrado en la satisfacción personal y alejado de grandes proyectos colectivos— es lo que vemos hoy en la esfera pública digital. Muy atrás quedó el individuo ciudadano, el de los ideales del compromiso social y la emancipación. Ya no queremos transformar la sociedad. Queremos comprar y viajar mientras transmitimos en vivo esa experiencia individual.
Las instituciones son un reflejo de los tiempos. Las redes sociales son, en ese sentido, el canal de expresión de esta subjetividad narcisa. El tweet y la historia son las consignas de sujetos que aceptan la afirmación individual y el consumo en el mercado como realización existencial. La cosa pública, entendida como lugar de discusión sobre la vida en común, se transforma en centro comercial.
Que esto sea principalmente así no quiere decir que la política haya desaparecido, ni que la ciudadanía haya dejado de existir. Lo que cambia es la centralidad de ideal social, pasando del ciudadano comprometido al narciso consumidor. El relato hegemónico— no libre de disputa por supuesto— es el que describe Lipovetsky, siendo el mercado el gran determinante de la vida social.
El pantano que llega con esa agua lo vemos en la degradación del debate público. El discurso político es cada vez más insustancial. Las grandes disputas en democracia están atravesadas por la afirmación individual de corte narcisista. Y aquí el espectáculo es el que toma el protagonismo. La subjetividad narcisa del político necesita todos los reflectores posibles, todo el histrionismo. Las redes sociales son el canal de amplificación y difusión.
Las ideas, la discusión y la deliberación, que son condiciones de cualquier democracia más o menos estable, dan paso a la estridencia y el show. Y no es que antes de Twitter viviéramos en el siglo de oro de Pericles, pero sí se nota un deterioro en la discusión pública definida por la expresión pública del individuo narcisista. La política TikTok prioriza la afirmación individual y el espectáculo, a lo mejor porque ya no les habla a ciudadanos, sino a consumidores.
Entre tanto también — y como si fuera una paradoja— surgen identidades colectivas que ponen en riesgo aún más el diseño institucional democrático, la idea de la discordia como principio fundamental de la democracia. El auge de los movimientos conservadores y antiderechos en el mundo que buscan aplanar las diferencias e imponer una sola forma de habitar en el mundo. Que quieren acabar con todo lo que aquella ciudadanía, que devino en narcisismo y espectáculo, pudo conseguir.
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