Nadie quiere “barrer” la corrupción

Por: Juan Carlos Bolívar

Hace unos días Sergio Fajardo lanzó su nueva estrategia —si es que así se le puede llamar a su constante autosabotaje—: apareció en una entrevista acompañado de su fórmula vicepresidencial, Edna Bonilla, y de su lastre político, Jorge Robledo. Al fondo de la escena, de forma un poco perturbadora, se alineaban unas treinta escobas que parecían un pequeño ejército de terracota, todas ordenadas y listas para la batalla. ¿Cuál batalla? Al parecer, la batalla contra la corrupción. La campaña de Fajardo parece haber descubierto que la fórmula no era jurídica ni institucional, sino algo mucho más elemental: barrer. Barrer la corrupción.

Juro solemnemente que no quiero juzgar más de la cuenta las ingenuas —aunque creativas— tácticas políticas de Sergio Fajardo y su campaña. Pero hay que reconocer que suelen producir abundante material polémico. En esta oportunidad, su extraña metáfora de “barrer la corrupción” me recordó varias conversaciones con amigos, colegas y políticos sobre ese problema con el que convivimos todos los días, que supuestamente nos preocupa a todos, pero que se ha perpetuado desde siempre.

¿En realidad la corrupción nos preocupa tanto como algunos dicen?

Hace poco un amigo me recordó una frase de un polémico político colombiano que afirmó: “de todos los problemas de Colombia, la corrupción la pondría por allá en el puesto 15”. Una frase provocadora e incómoda que, vista desde el mundo de las percepciones, puede parecer absurda; pero que, observada desde la dinámica política real, tal vez tenga algo de sentido.

La gente no castiga al político corrupto. Al contrario: lo elige y muchas veces lo reelige. Y hoy presenciamos uno de los gobiernos más corruptos de la historia reciente con un respaldo considerable de votantes, otra señal desesperanzadora de que a muchos ciudadanos la corrupción les indigna en el discurso, pero no necesariamente en las urnas.

Las excusas aparecen de inmediato cuando se habla del tema: “sí, este gobierno roba, pero los anteriores también”. Una forma absurda de justificar lo injustificable. Porque uno de los grandes problemas de la corrupción es que muchos la denuncian cuando la comete el adversario, pero la relativizan cuando la protagoniza el aliado. No se trata realmente de la corrupción, sino de la condescendencia frente a ella.

En un país donde cada semana estalla un nuevo escándalo, la indignación se volvió parte del paisaje. Hace unos meses leí una frase de Alejandro Gaviria en su libro Contra el fanatismo que lo resume bien: “La corrupción en este país se ha convertido en una especie de reality, en una forma de vender publicidad a los especialistas en el mercadeo de la indignación”. Tal vez al ciudadano le gusta enterarse de que se destapan ollas de corrupción. Pero parece importarle mucho menos que esas prácticas dejen de repetirse.

Por eso, volviendo a Fajardo y su idea de barrer la corrupción, vale decir que hace falta mucho más que una escoba para enfrentar un problema que nos afecta a todos, pero que, en la práctica, nos importa bastante menos de lo que nos gusta decir.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-carlos-bolivar/

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