Por mucho tiempo no pensé en tener hijos. No estaban en mi “futuro planeado”. Pero cuando decidí tenerlos, siempre quise que fueran hijas mujeres. Debe ser porque me gusta mucho ser mujer. En lo que algunos llamarían hoy: “me identifico plenamente con ser mujer”.
Tengo dos hermosas hijas a quienes amo profundamente. A ellas las acompaño para que sean autónomas, independientes y con ello busquen y encuentren su propia noción de realización personal y de felicidad. Yo viví eso en casa de mis padres. Ellos me impulsaron a encontrar mi camino y mi voz en medio de una sociedad que sigue siendo muy machista y que te lo recuerda a diario, desde pequeños gestos o expresiones hasta en asuntos más complejos de discriminación, exclusión, violencia y hasta la muerte.
En medio de un ambiente machista, Colombia, por fortuna, no enfrenta tantos desafíos como en otros tantos países en el mundo donde son cercenados los derechos humanos universales, pero solo a las mujeres. Ellas, nosotras, somo vistas como ciudadanas de segunda categoría, cuando mucho o, simplemente, un apéndice de los hombres; sin derecho a educarnos, a elegir si casarnos o no y con quién casarnos, sin derecho a definir cuántos hijos queremos tener, o si queremos experimentar el placer.
En uno de los más recientes atropellos, en Afganistán se prohibió a las mujeres cantar en público. En una ley promulgada por el gobierno talibán, se dice que nuestra voz es un atributo “íntimo” que no debe ser escuchado en público y prohibió que las mujeres canten, reciten o lean en voz alta. En otros términos, las mujeres no pueden hacer parte activa de la vida pública. La esfera que debería ser de todos se reduce a los hombres. Hay que recordar que también las mujeres son obligadas a tapar su cuerpo y su cara en público. Además tampoco pueden viajar solas.
En Pakistán a las mujeres se les niega derechos como la educación, empleo o acceso a la justicia. De allí es Malala Yousafzai, quien recibió, siendo la persona más joven en hacerlo, el premio nobel de paz por su activismo en pro del derecho a la educación para las mujeres en su país y en el mundo, el cual le valió un atentado que casi cobra su vida a manos del régimen talibán.
En Arabia Saudita e Irán también se requieren permisos para que las mujeres puedan viajar, trabajar, acceder a ciertos servicios de salud, casarse, entre otros. Justamente, en este último país se han presentado protestas violentas desde finales del año pasado que, aunque no nacieron en pro de los derechos de las mujeres, han encontrado en estas unas defensoras acérrimas de sus derechos, en una sociedad que las excluye y las victimiza con duras leyes sobre comportamiento y vestimenta. Los castigos por desobedecer las leyes van desde multas hasta la pena de muerte.
Así las cosas, las mujeres seguimos enfrentando desafíos mayúsculos para acceder a derechos inherentes a nuestra dignidad como seres humanos. Muchos de los regímenes más brutales contra las mujeres están fundados en creencias religiosas llevadas a extremos, pero los peligros no necesariamente se circunscriben a las visiones extremas.
Es por esto por lo que afirmaciones que en principio parecen inofensivas pueden terminar siendo perjudiciales para los derechos ganados a pulso a lo largo de muchas décadas y de una historia plagada de injusticias contra nosotras las mujeres. Hablo de un hecho reciente en redes sociales, que algunas columnistas de “No apto” ya abordaron, pero que vale la pena retomar para enfatizar en la necesidad de ser cuidadosos con lo que compartimos y más cuando de audiencias generosas se trata.
Hablar de que la mujer debe ser “sumisa” al hombre, mientras el hombre es sumiso a Dios, no tiene asidero en un contexto real y tangible de luchas por los derechos de las mujeres que aún continúan en el mundo. Que las mujeres busquen a un hombre y lo elijan porque él tiene un propósito de vida al que ellas se apegan, les anula su autonomía, su capacidad de buscar su propio camino, su autodeterminación y con ello toda su capacidad de agencia. Si una mujer decide que su propósito es seguir el de su compañero de vida, allá ella, pero que bajo la sombra de un credo religioso se afirme categóricamente y sin lugar a discusión, como lo expuso la “influencer”, que la mujer tiene el deber de ser sumisa, hay un trecho largo y peligroso.
Y aquí es importante enfatizar que el privilegio no nos puede obnubilar para entender la realidad que viven aún millones de mujeres en el mundo. Y que, de hecho, nos conmina a quienes hoy disfrutamos de mayores libertades a estar vigilantes de lo que decimos y hacemos a favor de los derechos de las mujeres, porque las luchas son permanentes y la historia nos está mostrando que lo que hoy damos por sentado, no necesariamente mañana lo estará.
Ojalá que nuestra voz, donde podamos levantarla y sea escuchada, la usemos para cantar, reír, recitar, declamar, exigir, vociferar y gritar lo más fuerte que se pueda: las mujeres somos dignas de tener y disfrutar de iguales derechos que el resto de seres humanos.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/piedad-restrepo/