Motores fríos

Hace unos días se publicaron los resultados del Índice de Seguimiento a la Economía (ISE) de enero, el indicador que mide el estado mensual de la economía colombiana. El dato: un crecimiento de 1,55%, la cifra más baja para un enero en los últimos tres años. Una señal que confirma lo que muchos ya anticipaban para este 2026: un año de clara desaceleración.

Lo revelador aparece cuando miramos qué está moviendo la economía. Los servicios públicos crecieron un 3,06% y el comercio un 2,59%, pero el gran protagonista fue el sector público y de defensa, con un aumento cercano al 4,5%. Esto va muy de la mano con el modelo que ha impulsado el presidente Petro: una economía traccionada por el gasto del Gobierno y los servicios sociales. Pero mientras el Estado gasta, los motores tradicionales se enfrían.

Las actividades primarias —agricultura y minería— cayeron un 2,39%, y la industria manufacturera junto a la construcción retrocedieron un 0,97%. Esto no es menor. Históricamente, son estos sectores los que generan empleo estable y productividad real a largo plazo. Cuando ellos pierden fuerza, el crecimiento que vemos en otros frentes se vuelve más frágil de lo que aparenta. Además, son precisamente estos sectores los que atraen inversión extranjera directa y fortalecen la balanza comercial. Sin producción competitiva, el país queda más expuesto a choques externos y a la volatilidad del tipo de cambio.

A este escenario se suma un punto delicado: la intención de incluir un impuesto al patrimonio bajo el marco de la emergencia económica. Aplicar más cargas tributarias justo sobre sectores que hoy muestran números rojos no solo puede asfixiar la inversión necesaria para reactivarnos, sino desincentivar la permanencia de empresas en el país. Una jugada que, en contexto, parece más riesgosa que oportuna. Gravar el capital en un momento donde la formación bruta de capital fijo ya viene debilitada es, en términos simples, cobrarle peaje a un carro que ya se está quedando sin gasolina.

Los datos dibujan una economía que se sostiene por el consumo presente y el gasto público. Pero conviene recordar que ambos son estacionales: dependen de la temporada, de la tasa de interés, del ciclo económico y, sobre todo, de la capacidad de ingreso del momento. Son combustible que se agota si no hay un motor productivo detrás que lo regenere. Y cuando ese combustible se acaba, lo que queda son familias más endeudadas y un Estado con menos margen fiscal para responder.

¿A dónde vamos? Por ahora, hacia un gobierno más grande con una industria más debilitada. No se trata de ser alarmistas, pero sí de leer el tablero con realismo.

Cuando el aparato productivo pierde tracción, la prudencia deja de ser una opción conservadora y se convierte en la estrategia más inteligente. Cuidar el bolsillo, evitar endeudarse más de lo necesario y mantenernos atentos a lo que pase con la industria y la inversión privada, son buenas decisiones para hoy. Porque al final, la economía de un país no se sostiene con lo que se gasta, sino con lo que se produce. Y ahí, por ahora, estamos quedando cortos.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/carolina-arrieta/

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