El anfitrión le dice a la entrevistada: “cierra los ojos y confía”. Le pide que traiga a su mente —y verbalice— un lugar de su niñez en el que fue feliz. Ayudado por la edición, que va ilustrando lo que ella describe, el anfitrión conduce la conversación hacia un recuerdo doloroso. La invitada llora mientras narra; sus gestos evidencian conmoción.
En el universo expansivo de los podcasts hay un formato que se ha vuelto omnipresente: el de la entrevista íntima, confesional. Bajo el pretexto de “mostrar el lado humano”, muchos anfitriones invitan a sus entrevistados a desnudarse emocionalmente. Hablan de traumas, pérdidas, abusos. Lloran. Y ese llanto, convertido en clip viral, se monetiza. ¿Qué estamos haciendo?
No se trata de censurar el dolor ni de negar la potencia de lo testimonial. Se trata, más bien, de preguntarnos: ¿quién se beneficia de esta exposición? ¿Quién la controla? ¿Y qué ética sostiene estos formatos?
Estos podcasts ofrecen, en apariencia, una oportunidad para visibilizar experiencias que suelen quedar fuera del discurso público. Al abrir espacio para relatos sobre salud mental, duelo o exclusión, pueden generar empatía entre oyentes que se reconocen en esas vivencias. En algunos casos, rompen tabúes y construyen comunidad en torno a la vulnerabilidad compartida. Hay episodios donde se logra una escucha genuina: el relato no se fuerza ni se edita para el espectáculo, sino que se sostiene en el respeto mutuo. En su mejor versión, estos formatos pueden ser archivos del sentir de una época.
Pero también hay mucho que se silencia o se distorsiona. Cuando el sufrimiento se convierte en espectáculo, se corre el riesgo de transformar el dolor en mercancía. El anfitrión —que gana visibilidad, audiencia y dinero— no siempre comparte el riesgo emocional que asume el invitado. Se simula una intimidad terapéutica sin el marco ético ni el acompañamiento profesional necesarios. Además, se refuerzan estereotipos: por ejemplo, se invita a personas racializadas, pobres o marginadas solo para que cuenten su “historia de superación”, sin cuestionar las estructuras que las oprimen. El relato se edita, se empaqueta y se vende. Y la dignidad, a veces, queda fuera del guion.
Otro ejemplo recurrente es la invitación a influenciadores o celebridades digitales. Se les convoca para hablar de sus duelos y sus caídas. Pero la reflexión sobre lo humano se queda en la anécdota. El mensaje implícito parece ser: “los ricos también lloran”. Y aunque reconocer que el privilegio no exime del sufrimiento es válido, la exposición suele ser frívola. No hay profundidad ni contexto: solo una escena emocional que refuerza la idea de que todo puede ser contenido. Incluso el llanto.
Mostrar lo humano no implica exponer lo herido. Hay, incluso, formas de construir intimidad desde la alegría. El problema no es hablar del sufrimiento, sino cómo y para qué se hace. ¿Se busca ayudar a sanar o simplemente entretener? ¿Se cuida al invitado o se lo exprime?
Imaginemos formatos que acompañen el dolor sin explotarlo. Que no busquen lágrimas, sino dignidad. Que escuchen sin editar el llanto para viralizarlo. Porque contar lo humano no debería implicar desangrarlo.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/maria-antonia-rincon/