«Para mi generación, el miedo era que tu cuerpo no aparezca»
Mariana Enriquez
Una vez con mis papás vimos a una señora con un collar de lo que parecían bombas haciendo alusión a un ataque de las FARC en el parque de Envigado. A ellos les impresionó mucho, pero yo no me acuerdo de haberla visto, creo que no la vi, pero recuerdo el momento. Me acuerdo de lo que los impresionó, pero yo pensaba en otra cosa que, para mí, era mucho más real y preocupante: que Medellín estaba en alerta naranja ambiental.
Mis papás dijeron que era algo más abstracto al lado de esa analogía que estaban haciendo en la calle, pero para mí no lo era, porque el miedo a lo ambiental era algo que nos podía amenazar y cambiar la vida, la estabilidad. Ese, para mí, era el miedo más claro y tangible, porque podía afectar mi futuro, nuestro futuro.
Me acuerdo que por la época del Plebiscito por la Paz mi Abuelita decía que era de las peores cosas que estaban pasando, perdonar a los guerrilleros como si no hubiera pasado nada. Todo esto muestra algo profundo e intenso en la manera en la que comprendemos el mundo, en el que establecemos prioridades: el miedo.
Ese sentimiento básico, ese instinto de supervivencia mueve masas. Me choca un montón estar hablando de diferencias generacionales, pero no encuentro otra forma de mostrarlo de una manera clara: muchos sucesos históricos parecen moldear a las personas que los viven, que son testigos de esos hechos. Es un trauma colectivo, y muchas veces parece que forman barreras que impiden comprender las posiciones de los otros, las necesidades y reclamos que no somos capaces de entender, y provocan que la gente vote motivada no por la convicción o el deseo, sino pensando que es la manera de mantener estabilidad y seguridad.
Eso se ve reflejado en la política: vemos a candidatos con discursos guerreristas, buscando un enemigo en el cual centrar su figura para mostrarse como una salvación, venderse como todo lo contrario a lo que él representa.
Es importante vivir alerta ante los peligros, pero el miedo también ciega, y así como esa preocupación sirve para ser proactivos y evitar problemas actuar con temor puede hacer que se actúe sin conciencia, así como conformarse con cualquier sensación de seguridad que alguien les ofrezca, por falsa o débil que sea.
Nos hemos acostumbrado a oír hablar a los mayores de cómo vivían con miedo en las peores épocas del conflicto armado, de la guerra del Cartel de Medellín y el Estado, etc., y cómo muchas veces banalizan y menosprecian a los jóvenes pensando que no somos conscientes del peligro que proyectos políticos como el del Pacto Histórico suponen.
Muchas veces son críticas validas, otras veces se pueden leer más como una actitud paranoica, que no hace más que agrandar las distancias, pero: ¿Qué implica vivir constantemente con miedo?
Los jóvenes también hemos sido moldeados por distintos miedos. Es demasiado impreciso (e injusto) generalizar a la hora de pensar en qué nos preocupa, pero algunas de las preocupaciones mías y de mis amigos son el cambio climático, así como el auge del autoritarismo y la erosión de las democracias, algo que, por miedo al desastre, como sociedad parecemos estar dispuestos a sacrificar, conformándonos con candidatos más que cuestionables que no tienen fondo y basan sus campañas y sus carreras en eslóganes de mano dura.
Igualmente, el miedo se usa de una manera negligente para apuntar a enemigos, mezclándolo con el odio y la confusión para venderse como una salvación. No es un interés real en solucionar problemas, solamente ensañarse en ser lo opuesto al otro, ser un candidato sin fondo.
Si usted, querido lector, ve esta columna quiero invitarlo a que el miedo sea un movilizador para tener responsabilidad política y votar con convicción, que el estado de alerta logre tender puentes que no nos dividan, sino que busquen comprender las preocupaciones y necesidades de los otros. Que por una vez la valentía y no el temor sea la costumbre.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/miguel-echavarria/