El rasgo más virulento de la sociedad contemporánea es que convierte toda relación en una transacción. Hoy quedan pocos terrenos no contactados por el mercado, que escapen a la lógica del intercambio económico. Incluso en aquellos lugares que consideramos sagrados, como el amor, la jerga mercantil le gana terreno a la poesía. Se habla de personas de valor, de tiempo invertido, de costo beneficio. Es como si la racionalidad instrumental, que está en la base del capitalismo, determinara toda interacción y la vaciara de su sentido espiritual.
El mantra de la sociedad de mercado es precisamente ese: conquistar todas las parcelas que estén libres de oferta y demanda. Vivimos bajo el imperio de la mercantilización ficticia en la que todo es sujeto de intercambio. Cierta contención moral, sin la que no podríamos existir como especie humana, es la que limita esta omnipresencia mercantil, y mantiene mercados como el de órganos— que suenan muy prometedores para algunos— en la dimensión de lo absurdo.
Un amigo tiene una teoría conspirativa que describe bellamente esta circunstancia de Leviatán mercantil. Especula que la voracidad del mercado es tal que llegará el día que se les prohíba a las personas caminar. Que habrá un mundo en que todo desplazamiento, que no esté mediado por una transacción, quedará prohibido. A la gente se le dirá que ir de un lugar a otro, sin la mediación de una máquina, es peligroso. Los caminantes serán especie en extinción en un mundo de carros, bicicletas y patinetas proporcionadas por una app. La distopía tecnocrática borrará el desplazamiento improductivo.
Lo fascinante de su tesis es que le vemos la cola todos los días. La distopía es una forma radical e imaginativa de pensar el presente. Su principio de verosimilitud está dado por su agudeza para pensar lo que ya está ocurriendo, más allá del vestido con el que se narra, del artificio hiperbólico, de los escenarios hipertrofiados. Nos gustan Zamiatin, Haraway y Le Guin porque en lo que imaginan vemos también nuestras vidas.
Todavía no nos han prohibido trotar, pero lo que está detrás de esta especulación imaginativa, sí está ocurriendo desde hace rato. Todos los días nos cruzamos con un repartidor que no tiene acceso gratuito a un baño. La mercancía ficticia de los servicios sanitarios volvió a la orinada una transacción. El gesto de hospitalidad ante la necesidad vital del otro es ahora un negocio. La xenia griega devenida en avaricia mercantil. Al extraño, al visitante, hasta el agua y el baño se le cobra. El “mi casa es su casa” se reemplazó por el “solo para clientes”.
Las organizaciones Mutante, Dejusticia y Oxfam Colombia publicaron hace poco un estudio que indaga sobre esta circunstancia infame a la que están sometidos muchos domiciliarios en Colombia. Algunos pasan hasta 16 horas sin poder ir al baño, pues no hay donde hacerlo sin que les cobren. Pese a que la ley obliga a los establecimientos de comercio a “facilitar” el baño a aquel que lo necesita, la lógica de la mercantilización ficticia rebasa a la moral hospitalaria, también al mandato legal. En la sociedad de mercado el otro es principalmente un cliente, un potencial sujeto de transacción. ¿Por qué ser compasivo si puedo ser productivo?
La discusión va más allá de personas que trabajan en aplicaciones de entregas, o en la asignación de tiquetes de estacionamiento regulado, o en la calle en general. La precariedad a la que están sometidos hace parte de una discusión mucho más honda en la que una reivindicación del sentido de lo público es decisiva. Una defensa de lo comunitario, de la hospitalidad, de la compasión. ¿Qué tanto estamos dispuestos a cederle al mercado para que hasta la sed tenga precio? ¿Cuál es el pacto social que queremos construir? ¿Cuáles son los principios que determinan nuestros diseños institucionales? ¿Podemos vivir bien en una sociedad que mercantiliza toda necesidad?
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-pablo-trujillo/