Para escuchar leyendo: Te vi, Fito Páez.
Nadie daba un peso por nada, era inevitable albergar la desesperanza, estaban en el fondo del abismo y nadie entendía muy bien cómo habían llegado allí. Fue tan rápida y dramática la caída que era casi imposible encontrarle el origen a la desgracia y, muchísimo menos, cuál era la solución a la misma. Medellín no se entendía, el relato histórico de la tacita de plata y la capital industrial se había ido al traste en medio de las bombas, los sicarios, la sangre y el No futuro. En su valle se había afincado la dolorosa contradicción de ser la ciudad de la eterna primavera y, a la vez, la más violenta del mundo.
Aparecieron muchos “hechiceros” con fórmulas mágicas que pretendían solucionar, con una firma en un decreto, la dolorosa guerra que el narcotráfico y la injusticia social habían establecido en la ciudad. Fórmulas tan complejas como el bombardeo a la ciudad entera, el cierre de sus fronteras, el pago de la deuda externa del país por parte de los capos a cambio de la legalización de sus fortunas o la colaboración con estos para desbancar a los mayores jefes del negocio. Era la fuerza desmedida o la rendición total del Estado, sin puntos medios ni noción social alguna. Era una derrota implícita para todos. Era la tentación de resolver lo estructural con atajos.
Y entonces pasó, quienes se tenían que encontrar lograron verse. Aquellos a los que la fuerza o la rendición les parecía una muerte mayor que la del plomo y la calentura lograron ponerle a la ciudad un espejo en frente. El pelaito que no duró nada, el Rodrigo D. No Futuro y La vendedora de Rosas de Víctor Gaviria, el No nacimos pa´semilla de Alonso Salazar, el punk, la salsa y el rock de los jóvenes y la inexplicable capacidad creativa de los que no tenían el final del día seguro, pudieron llevar -aunque fuera a rastras- a Medellín y la paró frente al espejo. La ciudad entendió que el fuego no apagaría el fuego, que la guerra desatada se había originado en la desigualdad social, y emprendió una conversación dura y necesaria para establecer lo que nos debieron dar cuando a Miguel de Aguinaga le dieron la real cédula en 1675: un propósito común.
Esa revisión interna permitió construir un propósito colectivo. El urbanismo, por ejemplo, dejó de ser un asunto de planos y se convirtió en una herramienta de equidad. La inversión en espacio público, movilidad masiva, equipamientos culturales y proyectos integrales en barrios históricamente excluidos demostró que la forma urbana también es política social. Se apostó por la mezcla de usos, la accesibilidad y la integración física y simbólica de las laderas al resto de la ciudad. No fue perfecto, pero fue una ruta.
Hoy, de nuevo, Medellín necesita mirarse con honestidad. En 2027 se sancionará un nuevo Plan de Ordenamiento Territorial. No puede ser un trámite técnico ni un pulso entre intereses particulares. Debe ser el escenario de una deliberación profunda sobre qué ciudad queremos habitar y bajo qué reglas. Sobre cuál ciudad vamos a tener derecho a vivir y deber de construir.
El POT no es un documento abstracto: define el modelo de ocupación, las densidades, las centralidades, la estructura ecológica principal y el sistema de movilidad. Decide si seguiremos expandiéndonos de manera fragmentada o si consolidaremos una ciudad compacta, con proximidad entre vivienda, empleo y servicios. Determina si priorizamos al peatón y al ciclista sobre el vehículo particular; si garantizamos andenes continuos, arbolado urbano y fachadas activas; si avanzamos hacia barrios caminables donde la vida cotidiana ocurra a escala humana. Es la hoja de ruta para dejar atrás lo que Uribe Uribe llamaba Los Medellines y poder dignificar la vida en cada barrio o ladera.
También es la oportunidad para reconciliarnos con el río Medellín y sus afluentes, integrándolos a la estructura ambiental y al espacio público efectivo. No como canales residuales, sino como corredores ecológicos que mitiguen el riesgo, reduzcan islas de calor y mejoren la calidad del aire. En tiempos de cambio climático, el ordenamiento debe incorporar soluciones basadas en la naturaleza, gestión del riesgo y adaptación hídrica, no discursos retóricos. ¡Que la lluvia deje de ser sinónimo de miedo!
El nuevo POT tendrá que enfrentar, sin ambigüedades, ese problema latente que tantos y tantos callan por temor o por negocio: la informalidad constructiva que precariza vidas y pone en riesgo a miles de familias en las laderas aprovechándose de su vulnerabilidad y desespero. La dignificación no pasa solo por legalizar lo existente, sino por combinar mejoramiento integral, reasentamientos cuando sean necesarios y control urbano efectivo para frenar nuevas ocupaciones en zonas de alto riesgo. La planificación debe ser preventiva, no reactiva, y esta ciudad ya lo hizo hace apenas un par de décadas.
Sobre todo, el debate debe partir de un principio simple: el derecho a la ciudad. Que todos podamos vivirla, recorrerla y disfrutarla sin barreras económicas o territoriales. Que el espacio público no sea un privilegio, sino la infraestructura básica de la democracia urbana.
El espejo sigue allí, Medellín, un poco desgastado, pero firme. Ahí sigue esperando que nos volvamos a parar enfrente, todos, los que están en el efímero poder público y los que están en el a veces lejano poder privado. Nos tenemos que parar allí los ciudadanos, todos, los propios y extraños.
El Plan de Ordenamiento Territorial es la excusa —y la obligación— de volver a pararnos frente a él.
No para discutir el futuro en abstracto, sino para revisar lo que somos y corregir el rumbo. Medellín no necesita promesas grandilocuentes; necesita un acuerdo técnico y ciudadano que le permita respirar tranquila y reencontrar un propósito común.
¡Ánimo!
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/santiago-henao-castro/