Es bastante probable que muchas de las afirmaciones que se hagan a continuación estén motivadas por una suerte de chauvinismo, de un sentimiento de excepcionalidad propio de aquel que ha vivido entre montañas. El título de este texto confirma esta intuición. José Martí dijo una vez: “cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea”. Los aldeanos de Antioquia solemos atribuirle características insólitas y extraordinarias a esos 63.000 Km2 de ríos, ceibas y guayacanes. Hemos sufrido de una vanidad que empantana el pensamiento, que nos extravía del autoexamen y que oculta todas nuestras heridas, tan grandes como el Cauca y la Magdalena.
Antioquia es un sitio con una ambivalencia singular. Esta tierra es el encuentro de polos, el choque de las antípodas. Coexisten, y muchas veces se enfrentan, dos espíritus, dos formas de ser. Una reaccionaria, parroquial y catequista. Otra liberal, progresista y laica. Al mismo tiempo— y a menudo sin una correspondencia evidente con lo reaccionario o lo progresista— convive en este lugar un modo de ser individualista y profundamente violento, con formas llenas de bondad, generosidad y amor por los otros. El Yin y El Yang de las montañas. La complementariedad de las fuerzas opuestas en aquella población que vio nacer a Fernando González Ochoa.
Somos el departamento con más víctimas reportadas durante el conflicto armado. En 1991 en Medellín mataron 6800 personas, una bajeza moral empujada por el célebre infame Escobar Gaviria. Se fundó el Bloque Metro y el Frente 36. Los terratenientes antioqueños financiaron ejércitos privados para expoliar tierra campesina a punta de muerte y terror. Se prohibió la lectura de Viaje a Pie mediante censura eclesiástica y se asesinaron sindicalistas como en ningún otro lugar de Colombia.
Esto pasó en el mismo departamento en el que Los Panidas y los Nadaistas esparcieron imaginación política. En la pequeña Detroit, su capital, nació María de los Ángeles Cano Márquez, líder del movimiento obrero colombiano. La primera huelga de mujeres trabajadoras en Colombia fue en Bello y estuvo liderada por Betsabé Espinal. En las épocas en las que Escobar dirigía sus corceles de la muerte, Luis Fernando García los espantaba con comparsas y teatro callejero. Allí donde todo parecía oscurecerse siempre alguien encendía un fósforo, hacía un incendio, para seguir resistiendo, para no dejarse.
Las bibliotecas barriales, las organizaciones artísticas y culturales, los convites y el amor comunitario en general se presentaban como los antagonistas valientes de la violencia que floreció en Medellín y en Antioquia. La complejidad del espíritu antioqueño llevó a que, al lado de la pistola, la moto y el fusil, se levantaran también bibliotecas y casas culturales. Que el jefe de combo y de plaza se encontrara de frente con el promotor de lectura.
Los esfuerzos que muchos y muchas hicieron durante décadas por apostarle a la cultura, en un contexto tan enrevesado como el periplo de Ulises, han dejado cosecha. Medellín hoy tiene un ecosistema de lectura, escritura y oralidad maravilloso, compuesto por, entre otras cosas, una red de bibliotecas públicas y comunitarias.
El espíritu antioqueño que resistió la violencia con bibliotecas fue reconocido la semana pasada por la Unesco. Medellín, que fue la capital mundial de los homicidios, es hoy también la capital mundial del libro, un reconocimiento que entrega este organismo internacional a aquellas ciudades comprometidas con la promoción de la lectura. Este premio es obra de décadas de trabajo de muchas personas y organizaciones. Pero fue posible también por la coincidencia afortunada de un grupo de gente que — desde la Alcaldía de Medellín, en particular desde la Secretaría de Cultura Ciudadana —creyó que el espíritu liberal, comunitario y bondadoso de esta ciudad debía reconocerse y celebrarse.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-pablo-trujillo/