Medellín es tan innovadora que, sin haber terminado de construir el ‘Mar Medellín’, ya sufre los impactos del aumento en el nivel del mar. No es una metáfora. Es, más bien, una ironía: una ciudad montañera, modelo de transformación urbana, hoy empieza a comportarse como una ciudad costera. Las quebradas de Medellín ya se parecen a los arroyos de Barranquilla.
En las últimas lluvias, quebradas como La Presidenta han registrado incrementos súbitos en sus caudales, pasando de niveles habituales cercanos a 1 o 2 m³/s a picos que superan los 8 e incluso 10 m³/s en eventos extremos. Este tipo de variaciones no solo evidencia la intensidad creciente de las precipitaciones, sino también la limitada capacidad de absorción del suelo y la presión sobre sistemas de drenaje diseñados para una ciudad de hace 100 años.
Aquí conviene recordar algo que Ulrich Beck planteó en la década de 1980: vivimos en una ‘sociedad del riesgo’, donde las amenazas no son externas, sino producidas por nosotros mismos. Hoy, Medellín encarna esa paradoja: una ciudad que creció en el siglo XX y se modernizó en las primeras décadas del XXI, pero cuya relación con el territorio —laderas, quebradas, terrenos inundables, suelos inestables, etc.— sigue siendo profundamente conflictiva.
La comparación entre los dos periodos en la Alcaldía de Medellín (@AlcaldiadeMed) de Federico Gutiérrez (@FicoGutierrez) es inevitable. Entre 2016 y 2019, el Área Metropolitana del Valle de Aburrá (AMVA) (@Areametropol) tuvo un protagonismo técnico y político innegable. La entidad no solo posicionó el tema de calidad del aire en la agenda pública, sino que impulsó la formulación de instrumentos como el Plan Integral de Gestión de la Calidad del Aire en el Valle de Aburrá (PIGECA) y la actualización del Plan Operacional para enfrentar episodios críticos de contaminación atmosférica (POECA). Sin embargo, en esta administración, la entidad no ha logrado consolidar un liderazgo visible ni una capacidad de incidencia ambiental comparable al período anterior. A propósito, ¿cuál es el presupuesto del Sistema de Alerta Temprana de Medellín y el Valle de Aburrá (SIATA) para 2026?
Podría decirse que no es justo comparar la calidad del aire (un problema parcialmente controlable mediante políticas de movilidad, regulación industrial o restricciones personales) con el cambio climático, cuyas causas son globales y estructurales. Pero ese argumento, aunque cierto, es insuficiente. Porque si bien el cambio climático no puede evitarse desde Medellín, sí pueden —y deben— gestionarse sus riesgos para que la ciudad se pueda adaptar. Y ahí es donde el distrito y el área metropolitana están fallando.
Medellín parece atrapada entre los tiempos de la innovación urbana que la mostró al mundo en los años 2000 y el de una realidad ambiental que desde mediados de la década de 2010 exige menos narrativa y más acción. El alcalde que prometió construir un mar artificial no ha entendido que ya está navegando, sin hoja de ruta, en uno mucho más real, la crisis ambiental. En ese mar, como bien sabemos, no basta con flotar, como lo estamos haciendo. Hay que saber hacia dónde remar. Y ese es el problema, Medellín está a la deriva en el mar.
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