Maternidades feministas

Soy mamá hace 11 meses y feminista hace más de una década. Llevo más años deconstruyendo modelos de amor, de familia y creando una voz propia que tiempo siendo mamá; y es por eso que hoy puedo decir sin ninguna vergüenza que algo está muy mal en el cuidado de los hijos. No es que, si no fuera feminista, no lo hubiera visto, pero seguro no lo hubiera dicho.

Algo está realmente mal en las cargas que tenemos las mujeres, madres y trabajadoras. No sorprende que cada vez menos mujeres quieran tener hijos y que se estén desplomando las tasas de natalidad. ¿Las mujeres no quieren? ¿O no lo ven viable? ¿No quieren o no están dispuestas a cargar con todo? ¿No quieren o no hay suficientes hombres con los que se pueda repartir el cuidado? ¿No quieren o no pueden pagar el precio de tercerizar el cuidado para poder seguir trabajando? ¿No pueden o no tienen redes de apoyo? No es una decisión libre si una de las opciones es imposible o titánica. Tener hijos hoy, sin morir en el intento, es un privilegio de pocos, y eso está muy, muy mal.

Debo dejar claro lo siguiente: el problema NO SON LOS HIJOS. Los niños son lo más maravilloso que le puede pasar a una madre. El problema es no poder tener tiempo para ellos como quisiéramos y, además, tiempo para que nosotras podamos seguir siendo un ser humano normal, con placeres y pasiones. Con tiempo.

El problema realmente es que el cuidado —que debería ser un diamante en el que asumen responsabilidades la familia, el Estado, el mercado y la sociedad civil— está cojo. No hay ningún diamante; se parece más a un punto aplastado en el que recaen todas las responsabilidades solo en una punta: las familias y, dentro de ellas, principalmente las madres.

Cuando una mujer trabajadora decide tener hijos, suma responsabilidades. Nadie le quita alguna para que pueda embarcarse en la tarea de alimentar, criar, pedir citas al médico, conseguir los mejores alimentos, comprar ropa para el bebé, jugar con ellos, hacer teteros, recordar matricularlos al colegio o al jardín… ni qué decir de recuperarse de un parto, vivir un posparto, recuperar la imagen que tiene de ella misma y, además, ser una esposa divina y sexy.

El problema también es la maldita culpa que cargamos el 99 % de las madres por no lograr ser todo. El problema es que, si hay que eliminar algo para cuidar, es siempre lo nuestro: nuestras pasiones, nuestros placeres, nuestro TIEMPO LIBRE.

El problema es que vamos apagando las funciones que no son vitales para no morir de agotamiento. Y eso también es un juicio: se apaga primero la libido, después la alegría, después la cabeza.

Siguiendo con los problemas, en el caso laboral, el problema no es que te echen —lo cual es ilegal—; el problema es que no se te puede notar que eres mamá en el trabajo. El problema es que es “súper lindo” siempre y cuando no tengas que ausentarte para vacunarlos, mientras no lloren en las reuniones, mientras estemos regias, mientras no faltemos un solo día aunque no hayamos dormido ni una hora, mientras no se note que estamos agotadas. Mientras no se note que somos madres.

Para la gran mayoría de mujeres, trabajar no es una opción. Entonces la maternidad solo suma responsabilidades, porque el cuidado no se reparte y las cargas económicas tampoco. Hoy casi ninguna familia puede vivir con un solo salario. Y nadie se atreve a preguntarse si eso es sostenible.

Yo he defendido el trabajo de las mujeres a capa y espada y, como feminista, he sido parte de la lucha por los salarios iguales y por las mujeres en los espacios de poder. Pero debo admitir que, como feminista, también me faltaba un pedazo: las mujeres madres trabajadoras. La llegada de mi hija me hizo preguntarme por el cuidado. Me hizo dudar de mi lucha, de los feminismos. ¿Para qué trabajar así? ¿Vale la pena mi éxito a costa del cuidado? ¿Me quiero perder a mi hija por estar de reunión en reunión? ¿Puedo renunciar? ¿Quién se va a hacer cargo de todo? ¿Debo bajar los gastos?

Me di cuenta de que mis preguntas estaban equivocadas. Que yo no tenía que elegir. Que estaba teniendo que hacerlo porque creía que el problema era mío, nuevamente. Me di cuenta de que no había que dudar de esta lucha, sino, por el contrario, reforzarla desde la óptica adecuada: el cuidado corresponsable de los niños y niñas. De lo contrario, la respuesta otra vez sería oprimirnos a nosotras: que renunciemos a los sueños, que no trabajemos, que nos quedemos encerradas en casa.

No puede haber una disyuntiva entre ser madre y feminista, entre ser madre y querer trabajar, entre ser madre y querer divertirse, entre ser madre y querer ser humana.

Algunos inconscientes han sugerido que “ahí tienen, eso es lo que querían” o han dicho cosas como “¿si ven?, por eso era mejor no tener hijos”, entre otros comentarios machistas, misóginos e ignorantes. Y no, no es lo que queríamos. Y no, no es mejor no tener hijos, por lo menos en mi caso y en el de millones de mujeres que hemos encontrado en los hijos la alegría, el amor y la fuerza más grande del planeta. Pero no se equivoquen: eso no significa que seamos o queramos ser heroínas, y mucho menos que nos arrepintamos de la maternidad. Lo que condenamos o denunciamos es la falta de corresponsabilidad en el cuidado.

¿Entonces qué queremos?

– Queremos poder trabajar y tener más tiempo para los hijos sin que nos reduzcan los salarios.

– Queremos poder cuidar y tener a una pareja que cuide con nosotras de manera exactamente igual.

– Queremos que el Estado garantice precios justos para el cuidado, que abra más jardines infantiles y que sean de calidad, porque nadie está dispuesto a dejar a un hijo en un mal lugar.

– Queremos que los hijos no sean el privilegio de quien más recursos tenga.

– Queremos descansar, cuidar menos y que quienes cuidan con nosotras, cuiden más.

– Queremos que no se infantilice la maternidad ni se romantice el esfuerzo y el agotamiento crónicos.

– Queremos que los colegios y jardines entiendan que las mamás y los papás trabajan, y que no podemos ser citados a las 11 de la mañana, haciéndonos sentir culpables por decir que no podemos ir.

– Queremos que no se nos obligue socialmente a lactar cuando es casi imposible hacerlo si se trabaja.

– Queremos que el sistema de salud atienda a los niños en horarios no laborales de manera prioritaria; no podemos llevarlos en medio de la jornada laboral.

– Queremos permisos remunerados en el trabajo para sus cumpleaños, vacunaciones, enfermedades, graduaciones, etc.

– Queremos que sea verdad que los niños son lo más importante de la sociedad, porque parece que solo lo son para sus padres.

Y queremos, sobre todo, un sistema donde cuidar no cueste la vida.

A ninguna sociedad liberal y de libre mercado le conviene que haya menos niños ni que menos mujeres trabajen. Así que esto es de todos porque es economico, demografico, social, de futuro. 

Algunos datos que acompañan esta columna:

– El 82 % de las mujeres renuncian al trabajo según la encuesta “El peso invisible de tu maternidad”, hecha en España a casi veinte mil mujeres.

– En la misma encuesta, el 41 % de las mujeres que se divorcian dicen que lo hacen por la falta de corresponsabilidad de sus parejas.

– En la última Encuesta Mundial de Valores, el 53 % de los colombianos cree que los hijos sufren cuando las mamás trabajan, y esta cifra va en alza (antes era el 47 %).

Las mujeres estamos cansadas. 

Y nada cambia.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/juana-botero/

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