¿Los precios bajan, o simplemente dejan de subir?

Vivir en Medellín últimamente nos ha cambiado el lente. Cada salida se siente un poco más costosa: comer afuera, comprar ropa, mercar, pagar arriendo o incluso los servicios públicos. Todo es un poco más costoso. Los $40.000 parecen haberse convertido en los nuevos $10.000, y lo que antes era una hamburguesa de $18.000 ahora rara vez baja de $30.000. La ropa debajo de $100.000 es casi una especie en vía de extinción. Y no hablo solo de restaurantes “caros” o centros comerciales; esa sensación ya permeó cualquier esquina de la ciudad.

Llega el Black Friday y nos emociona. Pareciera que al  “todo estar más barato” por fin nos va a render la plata, por fin no se va a ir tan rápido. Un millón de pesos que antes era tanto, en tan sólo unos años se convirtió en “tan poco” una cifra cercana, una cifra que con mercado, servicios y algunos pagos, se va justo como llegó.

Seamos sinceros: el salario mínimo ha subido. Sí, es cierto. Ese aumento, sobre todo en un país donde buena parte del mercado laboral está anclado al mínimo, termina empujando costos de producción, costos operativos y, al final, los precios al consumidor. Pero la pregunta incómoda es otra: ¿qué proporción del aumento del costo de vida puede explicarse realmente por el salario mínimo? ¿el ingreso si es tan alto para los precios?

Porque a veces pareciera que el salario tuviera un efecto multiplicador sobre los precios solo que en proporciones muy distintas. Hacemos cuentas y descubrimos que el costo de vida creció más rápido que nuestro ingreso. Como si estuviéramos en una carrera donde el salario corre, pero los precios siempre llegan primero a la meta.

La inflación, en teoría, está más estable. Buenas noticia, aunque es una cifra engañosa, un número positivo bajo, no nos dice que los precios están bajando, sino que ya no están subiendo tan rápido. Cuando vemos la cifra del mes lo que solemos leer es: “respire, no subieron tanto”. Pero no significa que todo esté regresando a niveles más razonables. Significa, simplemente, que seguimos arriba, solo que escalando más despacio.

Y claro, dejando de lado la crisis inmobiliaria (esa va por un carril aparte), Medellín sigue una tendencia que tiene algo de lógica: Antioquia es de los departamentos con mayor crecimiento económico, la ciudad ha tenido un boom turístico y las condiciones laborales formales tienden a ser mejores que en otras regiones. Suena bien, hasta que recordamos que la informalidad sigue siendo alta, que una parte importante de la población vive en vulnerabilidad y que el salario promedio no es ni remotamente cercano a los $10 millones que se necesitarían para vivir con holgura en esta nueva Medellín de precios “internacionales”.

Hasta tomarse un café bonito puede rondar los $40.000. Y tomarlo en un lugar no tan especial tampoco cambia mucho el panorama. Entonces vale la pena preguntarse:
Si el mercado tiende a autorregularse ¿los precios también lo hacen? ¿O estamos entrando, casi sin notarlo, en una espiral de precios y salarios donde cada aumento exige otro aumento, mientras tratamos de perseguir un costo de vida que no deja de alejarse?

Quizá esta sea nuestra nueva realidad. O quizá estemos a tiempo de entenderla antes de que termine de alcanzarnos, por ahora, afrontarla y creer que con lo hay, podrá alcanzar.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/carolina-arrieta/

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