Con los resultados del domingo empezó la verdadera carrera presidencial. Las primeras de cambio dejaron grandes ganadores, como Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo, pero también grandes derrotados, como Claudia López o Roy Barreras. Eso sin contar a los quemados en las legislativas ni el enigma que representan figuras como Abelardo de la Espriella y Sergio Fajardo, quienes decidieron no medirse y, de rebote, cargan hoy con el costo político de no haber estado presentes en el tarjetón del 8 de marzo. Mientras tanto, Iván Cepeda sigue incólume en la cima de la general.
La campaña arrancó en forma y este es, por ahora, el estado de cosas. Cepeda se perfila como un puesto casi fijo en la segunda vuelta y, con la llegada de la líder indígena caucana Aída Quilcué a su fórmula, reafirma su base política y su conexión con sectores sociales y territoriales que han sido decisivos en elecciones recientes. Su apuesta es clara: consolidar el voto progresista y ampliar su margen en regiones históricamente movilizadas por agendas sociales.
En la otra orilla, el Centro Democrático salió fortalecido con la victoria de Paloma Valencia y una excelente votación en la Gran Consulta por Colombia. Pero el verdadero movimiento estratégico vino después: la adhesión de Juan Daniel Oviedo, el segundo en la consulta y, sin duda, la gran sorpresa del domingo. Oviedo logró captar un voto urbano, técnico y de centro que ahora se convierte en un activo clave para Valencia. Esa convergencia acerca a la candidata del Centro Democrático a un electorado más amplio —incluso alternativo— que antes le era esquivo. Con ese movimiento, Paloma deja de ser únicamente la candidata de un partido para proyectarse como el verdadero contrapeso electoral frente a Cepeda.
Entre tanto, Abelardo de la Espriella parece empezar a desinflarse y a quedar, más que como protagonista, como telonero de la dupla que comienza a perfilarse como central en esta contienda. Su fórmula vicepresidencial, el exministro y hasta el lunes rector de la Universidad EIA, José Manuel Restrepo, le aporta rigor técnico, conocimiento del Estado y credenciales académicas. Sin embargo, en términos estrictamente electorales, su capacidad de sumar votos parece limitada.
Por su parte, Sergio Fajardo se desinfla cada vez más frente al nuevo contexto político. La votación de Juan Daniel Oviedo terminó recogiendo, en términos prácticos, buena parte del electorado de centro que históricamente gravitaba alrededor del exgobernador de Antioquia. Así, Fajardo queda atrapado en un espacio político cada vez más estrecho, con pocas posibilidades de crecimiento. Su fórmula, la respetada exsecretaria de Educación de Bogotá, Edna Bonilla, aporta seriedad y experiencia en gestión pública, pero difícilmente abre nuevos nichos electorales.
Así las cosas, estos cuatro parecen ser, por ahora, los verdaderos invitados a la fiesta. Todo aquel que se ubique por debajo de los porcentajes o de la fuerza política de este grupo corre el riesgo de convertirse en un simple saltimbanqui electoral, condenado incluso a no alcanzar el umbral necesario para la reposición de votos.
Y si me apuran —pensando en el país— me atrevo a decir algo más: tanta fragmentación en la centro-derecha solo termina favoreciendo a Cepeda. En política, dividirse rara vez es una estrategia ganadora.
En ese escenario, la convergencia entre Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo encarna una esperanza que, para muchos sectores del país, hacía tiempo no aparecía con tanta claridad en el horizonte político
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