“En los ojos de la gente puede verse lo que verán, no lo que han visto. Así decía: lo que verán”.
Novecento. Alessandro Baricco.
Un pájaro de cejita blanca y pechito saraviado se chocó contra una vidriera. Lo encontramos quietecito, impecable, las cejitas inmóviles sobre sus ojos cerrados. Lo contemplé como la prueba irrefutable de la belleza hiriente. Pensé en que esa mañana había salido a buscar alimento como cualquier otro día. Pensé en que esa tarde no volvería al nido. En si otros lo notarían. Pensé en la culpa.
Hace unos días, al regresar de viaje, encontramos un nido de tórtolas en un arrayán de cota de nuestro jardín. Vimos a la pareja ir y venir, alimentando a dos pichones ya emplumaditos que parecían listos para volar. La mañana siguiente el ambiente estaba enrarecido. Al pasar junto a la vidriera que me separaba del jardín, una de las tórtolas salió asustada de entre las hojas del sotobosque. La seguí con la mirada hasta nido y me di cuenta de que ya era difícil identificarlo, estaba casi destruido. Pasamos un rato observando a la pareja revolotear junto a los restos del nido, dos pájaros desconcertados, desesperados. En un momento, uno de los dos voló contra el vidrio, podría jurar que para llamar nuestra atención. Buscamos sin éxito a los tortolitos, entre la hierba, en todo el jardín. Pienso en eso desde entonces.
La periodista científica Laura Camón habla en un artículo sobre un ejemplo de metacognición en animales, la ocasión en que un macaco acostumbrado a ensayos de laboratorio, en vez de tocar suavemente la pantalla para elegir lo que correspondía, empezó a golpearla con fuerza, para luego elegir una respuesta equivocada. “¿Podríamos decir que, al igual que Sócrates, el mono sabe que no sabe?”, se pregunta la periodista, comparándolo con la desesperación de las personas cuando no sabemos qué hacer.
Hace unos días me visitó por primera vez este año una piranga rubra tras su largo viaje desde el norte. El milagro de su cuerpo rojo sangre extenuado llegando justo al plátano de mi jardín. Si supiera como la veo, lo que me despierta, que su belleza y su viaje son dolorosos de la manera más cristalina. “Porque lo que sucede con la belleza es que solo es bella fuera de sí misma”, escribió Ocean Vuong en En la tierra somos fugazmente grandiosos. ¿Qué saben los animales? Los observo y pienso en eso. Un pájaro esplendoroso canta, baila y exhibe sus colores y la forma de sus alas para atraer a sus parejas. ¿Qué sabe?
En Bucarest: polvo y sangre, Margo Rejmer relata el horror vivido en la capital rumana durante la dictadura de Ceaușescu, y la transformación de la ciudad durante los años que siguieron. Después escribe: “Y solo el perro parece inmutable, tan urbano como rural, paciente, lleno todavía de fe en la especie humana”. Qué sabrá el perro, testigo de tanto, que todavía espera. Su espera y su belleza puras, de las que sabemos tan poco, son un aullido, una especie de alarma, de llamado a la conciencia, a abrir los ojos para volver a ver y no ser inmunes al fuego. Son ellos quienes me devuelven a mí la fe. No en la especie humana, sino en la vida. Es eso, que la vida es una herida, pero es también la única llama.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/catalina-franco-r/