Lo que une al periodicazo con el batazo

Ahí está el uno. El pelo largo, canoso. Es un tipo atlético, jovial, sube las escaleras al trote mientras blande el rollo de papel que convirtió en su símbolo. Se venda los ojos e imita una pose zen, como espadachín jedi en formación y entonces, zaz, lanza el golpe. Trota sin moverse del sitio y salta mientras lanza periodicazos aquí y allá, zaz, zaz, zaz… Salió a recorrer Colombia para repartir su golpe aleccionador.

Ahí está el otro. Usa fachaleco negro, además de gafas y gorra en el mismo tono oscuro. En la mano, cómo no, luce (no, luce no es la palabra precisa; empuña, sí, esa es la correcta) el trozo de madera que convirtió en su símbolo. No lo agita, pero señala con él a sus contradictores, lo alza, se lo pone sobre el hombro mientras patrulla,le sirve de apoyo. Le ha puesto un nombre, lo llama Diálogo, porque el concejal se cree gracioso.

Hay quienes los ven diferentes. La misma descripción que acabo de hacer parece poner distancia entre ellos: el desenfado del uno, el gesto serio del otro. Yo, en cambio, encuentro una línea que une al del periodicazo que aspira a ser vicepresidente de Colombia con el malencarado concejal de Medellín que, bate en mano, anda por ahí orgulloso de su condición de energúmeno.

Y no es solo que el partido político del concejal Andrés Rodríguez sea el mismo al que se sumó Juan Daniel Oviedo en su aspiración vicepresidencial (y junto al que ha ido sumando años de vida pública de la mano de su madrina María del Rosario Guerra y como funcionario del gobierno de Iván Duque).

Son diferentes sus formas, pero se me hace harto parecido el fondo. Lo dije en Twitter hace un par de días: «La diferencia entre el periodicazo y el batazo es la contundencia del objeto con el que se golpea», pero ambos tienen el mismo origen, la misma idea: zurrar a aquellos que, sienten el uno y el otro, están equivocados; aplicar el golpe como reconvención para aquellos con los que disienten.

El uno dice que golpea con amor (¿?), el otro no disimula el odio y la intolerancia. Al uno le celebran la gracia, se le suman otros excandidatos, le piden que dé más y más periodicazos. Les parecerá charro, innovador. ¡Bah!, es la misma violencia de siempre teñida de bacanería, aunque no se los parezca. Quizá es que Juan Daniel Oviedo quiera demostrar que él también es capaz de tener mano dura y corazón grande.

Para el otro piden reconocimiento público sus copartidarios, lo hace el director vitalicio del Centro Democrático, Álvaro Uribe Vélez: «Voy a pedir un aplauso para este concejal (…) ojalá mañana le hiciéramos un homenaje», dijo en una tarima improvisada por los días en que la minga indígena protestaba alrededor de La Alpujarra. Hubo vítores y aplausos. Es la misma violencia de siempre que tantos réditos políticos les ha dado, les sigue dando.

Pero insisto, el origen de su acción o su performance se me hace idéntico: pensar que es con el golpe que se «corrige» lo que para ambos, Oviedo y Rodríguez, está mal. Atizar al contendor político por sus ideas o sus maneras de ver o explicar el mundo. Al final, golpe es golpe, sin importar que sea con la palma de la mano, una chancleta, la correa, un periódico o el bate bautizado Diálogo.

Me pregunto si Oviedo y Rodríguez se han encontrado frente a frente. Pongamos que no, pero especulemos con que es posible que lo hagan en el futuro próximo. ¿Será que cuando eso ocurra, esgrimirán sus respectivas armas como una admonición por si el otro dice o hace algo que nos les parece bien?

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/mario-duque/

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