Pelé el cobre, el privilegio me nubló la empatía, represento al feminismo blanco y soy cómplice del pacto de clase – el mismo que tantas feministas que me anteceden lucharon por deconstruir. Soy, según muchas, lo que Betty Friedan fue para la activista minera boliviana Domitila Barrios de Chungara en la primera Conferencia Mundial de la Mujer de la ONU de 1975, en Ciudad de México. Allí, dijo Chungara, el feminismo gringo de clase media no debía tener espacio; las preocupaciones sobre acceso a anticonceptivos, igualdad de oportunidades y libertades individuales eran secundarias frente a la explotación económica y al reparto desigual de la riqueza. Y ahí, yo soy Friedan.
Porque voté por quien voté.
En términos más colombianos: hipócrita, feminista sin fondo, blanquita en problemas, sapa. Son símiles que, por más que duelan, tienen algo de verdad. Pero también es una comparación demasiado limpia. Y lo limpio, en el feminismo, casi nunca es honesto.
Si uno mira bien la historia de Domitila, lo que la diferenció de Friedan no fue el bloque ideológico, ni el partido que apoyaba, ni el país. Fue que Domitila no llegó a Ciudad de México desde una teoría. Llegó desde el Comité de Amas de Casa de Siglo XX, la organización que ella y otras esposas de mineros armaron en su pueblo, mesa por mesa, casa por casa, barrio por barrio, para sobrevivir juntas las dictaduras de Barrientos Ortuño y Banzer Suárez, los salarios miserables, y los maridos enterrados en un socavón.
Su legitimidad no venía de una casilla electoral, sino de años acompañando a mujeres concretas, con nombre y apellido. Y ahí está la neblina: lo macro – la pregunta de a quién le diste tu voto, qué bloque escogiste (y en una situación tan profundamente compleja y binaria como la nuestra), de qué lado quedaste – es tan grande que termina tapando lo único que en realidad se puede medir: qué has hecho, hoy o esta semana, por una mujer específica que lo necesitaba.
En Colombia tenemos nuestro propio ejemplo, nacido lejos de cualquier consigna de bandera. En 1996, 1200 mujeres de Medellín se enteraron de que en un pueblo del Urabá el 70% de las mujeres habían sido violadas por algún actor armado. No hubo asamblea ideológica ni debate sobre si habían votado por Samper, Pastrana, o Navarro Wolff dos años antes. Hubo, en cambio, indignación pura y la decisión de ir.
De ahí partió la Ruta Pacífica de las Mujeres, que 30 años después sigue celebrando 300 organizaciones, miles de mujeres acompañadas, un modelo entero de construcción de paz que no le debe nada a ninguna casilla electoral. Y que sí le debe todo a la decisión de acompañar a alguien concreto.
Mi papá, que creo no ha leído a Domitila ni a Friedan, me dijo an mis trece años, que me bajara de la nube de que iba a cambiar el mundo. Dijo, en su practicidad y sabiduría, que el cambio social es como los sapitos que hacíamos en el agua con piedras planas: eran piedras chiquitas, pero generaban olitas circunvalares que los renacuajos del lago sentían si estaban lo suficientemente cerca. Y esos renacuajos, con seguridad, le dirían a los demás que en ese punto del lago hay movimiento; hay cambio.
Salomé no va a desparecer el sufrimiento de tantas mujeres, ni de tantos pueblos y personas que, evidentemente, no se merecen lo que la vida les ha entregado. Salomé no va a lograr que se haga justicia por los casos de violaciones y agresiones sexuales contra mujeres resguardadas en La Guaira luego de los terremotos de Venezuela del 7 de julio. Ella no va a lograr que los derechos de las mujeres sean respetados por el presidente que tengamos de turno, sea de un lado o del otro. Pero ella sí que lo creía, antes de entender cómo funciona el mundo. Y cómo funciona el querer cambiarlo para el bien de todas y todos.
El cambio no se decreta desde arriba, se contagia desde el lado; tanto como lo personal es político, lo político es personal. Uno no salva el mundo señalando quién está equivocado, con malicia e insultos, sino ayudando a quien tiene cerca, y confiando en que eso se replica. Si se salva el mundo señalando, ¿realmente sí se está cambiando para bien?
No sé si eso me absuelve del pacto de clase. Probablemente no del todo, y tampoco es mi intención escribir mil palabras para absolverme. Porque yo sí sé quién soy, y sí sé qué he hecho por el objetivo común de todas las corrientes feministas: un mundo equitativo, y luchar contra el patriarcado que nos ahorca a todos.
Y también conozco el feminismo que represento en mi día a día; no cada cuatro años en un tarjetón, ni cada 8M. Tampoco cada que me dé la gana sacarlo como bandera, ni cuando sea conveniente señalar una nueva responsable de lo que creo será mi miseria. Sino día a día, mujer por mujer y niña por niña.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/salome-beyer/