«Para quienes viven de la guerra y saborean gustosamente el olor a pólvora, la razón es solo un obstáculo para sus sueños de grandeza». Jesús A. Núñez Villaverde.
El escritor argentino Eduardo Sacheri contó que su recuerdo sobre cuando estalló la guerra de las Malvinas era “el de esa mayoría festiva, no el de las minorías cautelosas”. Dijo que su país lleva décadas ejerciendo la nostalgia y definió ese vacío predominante como la idea de que el paraíso es el pasado. Advirtió, además, que “siempre hay un solo paso entre la construcción de un ‘nosotros’ y el deseo de aniquilación de un ‘ellos’”.
Pienso en la facilidad —y la ignorancia— con la que afirmamos que algo se pudo hacer mejor, que nosotros lo haríamos mejor. Es ya costumbre enfocarnos en errores ajenos, especialmente cuando los juzgados son los que jamás harían parte del nosotros que nos es más cómodo. A veces incluso parece que preferimos que algo salga mal solo para tener razón, para que los otros estén equivocados. El impresentable presidente de Estados Unidos, por ejemplo, destruyó el acuerdo nuclear alcanzado tras varios años con Irán, después empezó una guerra ilegal que asumía ganada y perdió, y ahora para salir del problemón negocia un nuevo acuerdo bastante peor con un Irán fortalecido. En Venezuela creían que los gringos les iban a resolver la vida y ahora cada vez más personas se quejan del empeoramiento de la situación. No quiero ni pensar en lo que viene con respecto a la delicadísima paz que ansía Colombia.
Escribió Ana Iris Simón que “la polarización, sembrada a conciencia por las élites de izquierdas y de derechas, no sólo divide sino que también altera la escala moral con la que juzgamos las realidades. Cuando algo tan serio como la política, actividad presuntamente orientada a la gestión de lo público, se convierte en un partido de fútbol, los hechos importan cada vez menos; lo que cuenta es el color de la camiseta. Ya no hay ciudadanos críticos sino hinchas”.
Tengo pocas palabras por estos días. O demasiadas, pero no encuentran salida, mareadas y desorientadas por el aturdimiento de los pitos de las camionetas y la pólvora y los insultos y amenazas en chats y redes sociales firmados por montones de tigres enfurecidos y eufóricos. En mi país hubo elecciones y yo perdí de antemano, pues llegamos, como ya es costumbre, a las dos opciones más extremas, más aislantes, menos posibles para pensarnos como un mismo país. Y ganó la vergüenza vestida de traje, que enorgullece y envalentona a tantos. Ante eso, en la fiesta de la paranoia, es difícil hablar: no le alcanza a uno el volumen. Así es que, mientras regresa la fuerza —que lo hará—, permítanme traer palabras sabias de otros que también observan el horror que avanza en el mundo y lo logran reflejar.
“El cántico no expresaba el alivio de quien resuelve un problema, sino el júbilo de quien al fin ha encontrado un enemigo”, escribió Máriam Martínez-Bascuñán. Y agregó: “¿Qué pasa cuando la crueldad ya no se oculta como algo vergonzante y se exhibe como un triunfo? Deja de ser un coste incómodo del que preferiríamos no hablar para convertirse en el mensaje, en seña de identidad y motivo de orgullo. Entramos poco a poco en un mundo donde ya no sirve apelar a la vergüenza. Quien se muestra cruel sin avergonzarse no comete un desliz: enseña los dientes. Las democracias, lo sabemos, no mueren de un golpe sino de costumbre: se insensibilizan, aplauso a aplauso, hasta que la exclusión deja de ser noticia y pasa a ser el clima. Hoy, la única resistencia real es la más modesta y difícil: negarse a acostumbrarse. Que algo así, todavía, nos parezca impensable”.
A mí me seguirá pareciendo impensable que Palestina, Líbano y Ucrania sigan bajo las bombas, que otras tragedias ni se nombren y que triunfen en cada vez más naciones quienes abrazan a los monstruos y proponen arrasar selvas y mares buscando billetes mientras arde el mundo. Me seguirá pareciendo inconcebible que quien se estremece ante “el pecado del aborto” mire para otro lado ante miles de niños aplastados con el dinero y el beneplácito de las naciones que le parecen más dignas. Me seguirá pareciendo demencial la normalidad que me rodea en el lugar tan particular en el que se me concedió la vida. Algo muy potente nací para observar, aprender, sentir y escribir aquí. He ido dándole forma. Por ahora, dejo el título de un libro que resume mi nudo: Dear God, have you ever gone hungry?
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/catalina-franco-r/