“Si el amor parental es la base de todos los amores, también es una reconstrucción, una revisión y una indagación en el amor propio”.
Rachel Cusk, Un trabajo para toda la vida.
Perder la inocencia es descubrir que el mundo es un lugar hostil. Más aún si eres mujer. Desde niñas nos cuentan un relato de cómo debemos ser, a qué tenemos que aspirar, cómo comportarnos para ser suficientes, qué hacer para ser unas “damas”. Nos regalan muñecas porque desde pequeñas estamos obligadas a cumplir con el rol de madres o de cuidadoras, nos visten de colores pasteles más claros y llamativos para vernos delicadas como princesas. Nos clavan aretas al minuto de nacer (lo hice de mala gana con mi hija de siete meses). Nos ponen moños más grandes que nuestra cabeza cuando apenas estamos descubriendo la maravilla del contacto de la piel.
Las mujeres, desde niñas, nos convertimos en un objeto de los otros. De la sociedad.
Hace unos días, una amiga me contó que le habían dicho que era una mala mamá porque, a los pocos meses de nacer su hija, se había ido para una fiesta. Mujeres criticando a otras por su forma de ser y de maternar. El patriarcado en todo su esplendor: ponernos a competir entre nosotras.
Cuando mi bebé cumplió cinco meses tuve que hacer un viaje corto fuera del país. Puse fotos en mi perfil de Instagram como suelo hacerlo con naturalidad y varias personas me preguntaron inquisitivamente: “¿Con quién dejaste a la bebé?” Con su papá, por supuesto. Es que mi hija tiene papá. No soy la única encargada de cuidarla. Cuando él viaja nadie le pregunta con quién la dejó. Y lo hace a menudo.
Conversando con una amiga sobre el tema me decía que esto no era culpa de la sociedad sino de nosotras mismas por ponernos tanta presión. ¿Pero de dónde viene esa presión? De afuera. Del libreto que dice cómo ser una buena mujer o una buena madre. Salirse de ahí es exponerse.
Es ser una mala madre, una mala mujer. ¿A quién se le ocurrió?
El patriarcado es un sistema opresor que nos dice: tengan hijos, pero que no se les note. Tengan hijos, pero no descuiden a su pareja; tengan hijos, pero no pueden ser sólo mamás, hay que producir. Tengan hijos, pero no se obsesionen con cuidar de ustedes, de su cuerpo, porque lo más importante son los primeros años que le dedican al bebé. Tengan hijos, pero sólo cuando nosotros les digamos porque a los veinte están demasiado jóvenes y a los treinta y cinco ya son geriátricas. Y ni piensen en tener soberanía sobre su cuerpo y reproducción porque eso es asunto del estado, de agendas políticas.
Las mujeres constantemente sometidas al juicio, a los señalamientos por nuestra forma de ser, de comportarnos, por nuestras elecciones de vida, porque hacemos mucho o muy poco. Una violencia infinita en un mundo de variables igual de amplio. Las mujeres somos eso: mujeres, seres humanos, ciudadanas con derechos y deberes. No buscamos atropellar ni maltratar a los hombres (frase recurrente que he oído cuando digo que soy feminista), tampoco queremos ser íntimas amigas todas y evitar los conflictos entre nosotras (eso es inhumano), lo que pedimos es respeto y libertad por lo que hacemos y cómo lo hacemos. Algunas quieren ser madres y otras no. Algunas quieren ser altas ejecutivas y otras no. Todas queremos ser nosotras mismas y no tener que defender nuestra autenticidad o justificar salirnos de las expectativas asfixiantes en cualquiera que sea el rol que ejerzamos. Suelo decirlo y lo diré siempre: soy como he querido ser. Ni mala ni buena, sólo soy una mujer, y ser uno mismo es un trabajo para toda la vida.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/amalia-uribe/