La violencia funciona, ¿para qué?

En San Pedro de Urabá, donde los caminos parecen deshacerse con cada invierno, Jaime aprendió temprano que la vida puede cambiar sin anunciarse. A los 15 años vio llegar a un grupo de hombres armados por la trocha principal: no venían por alguien en particular, solo por “los muchachos”. En estos lugares, el destino suele tener uniforme.

No hubo discursos ni amenazas. Una mano en el hombro bastó para separarlo de su casa. Y allí empezó a entender la primera gran lección de la guerra: en Colombia, la violencia sí funciona. Funciona para imponer silencios, para desmoronar una comunidad entera, para decidir quién permanece y quién desaparece.

En la selva, Jaime dejó de ser Jaime. Se convirtió en un cuerpo útil. Aprendió a caminar sin dejar huella, a no preguntar, a mirar siempre hacia adelante. Le cambiaron el nombre por un apodo, le prohibieron mencionar el pasado y le robaron la idea misma de un futuro. La violencia, sin matices, hizo lo que sabe hacer: reducir, quebrar, someter.

Su escape no tuvo gloria ni heroísmo. Aprovechó un movimiento apresurado, una vigilancia floja, un pedazo de noche más oscuro que el resto. Caminó sin saber si avanzaba hacia la libertad o hacia otra emboscada. Solo cuando las montañas adoptaron formas conocidas sintió por primera vez algo parecido a alivio.

Después de dos años de pertenecer por la fuerza a una guerra que lo obligó a confrontar a otros jóvenes en sus mismas condiciones, regresó a su hogar. Sin embargo, volver no significó regresar. Su casa seguía ahí, pero todo estaba distinto: su madre hablaba más bajo; su padre, que antes tenía palabras para todo, ahora evitaba mirarlo. Del Estado no llegó nada: ni un funcionario, ni un programa, ni siquiera el consuelo burocrático de un folleto.

Quedaba la escuela, la misma de siempre: techos de zinc, pupitres remendados, una cancha de tierra que nunca termina de ser cancha. No era un refugio idealizado -Jaime lo sabía-, pero era lo único que todavía tenía forma de vida y no de guerra. En un territorio donde casi todo se desmorona, la escuela permanecía terca, obstinada en su labor. Por eso volvió: porque era el único sitio donde no le pedían armarse ni desaparecer, la única rutina que no estaba hecha de órdenes.

Mientras Jaime recuperaba su vida con ayuda de sus maestros y compañeros, el país seguía acumulando tragedias con alarmante puntualidad. Según Medicina Legal, 15 menores han muerto en bombardeos u operativos militares desde agosto de 2025, siete de ellos identificados tras el ataque en Guaviare. Y la Procuraduría reporta que entre 2024 y 2025 más de 740 menores fueron víctimas de reclutamiento forzado por grupos armados. Cada número es un rostro. Cada cifra, un niño cuya historia pudo ser la de Jaime.

La violencia sigue funcionando con una eficiencia casi mecánica porque opera en tierra fértil: abandono, pobreza, promesas que nunca llegan. Sabe destruir, y destruye bien. Frente a esa maquinaria, la escuela -incluso en su precariedad- realiza un trabajo más silencioso: sostiene, y al hacerlo enseña a sostenerse. No protege por la fuerza de sus muros, sino porque abre un espacio donde la vida todavía puede explicarse, nombrarse y comprenderse. En medio de la barbarie, es el único lugar donde el mundo aún se puede aprender sin miedo.

Ahí está la diferencia esencial. Mientras la violencia avanza para arrasar, la escuela insiste en preservar. No se trata de romantizarla; se trata de reconocer que, en territorios donde casi nada permanece, ella es la última estructura que intenta organizar el sentido. Si la violencia funciona para destruir, la escuela funciona para que aún haya algo que salvar. Por eso la pregunta no es cuál de las dos es más fuerte, sino cuál estamos dejando que nos defina. Porque cuando un país actúa como si sus niños fueran piezas reemplazables en el tablero de la guerra, la derrota moral no se anuncia: ya ocurrió.

Y en ese punto vuelve a aparecer Jaime. Ya no es el muchacho que se llevaron; logró graduarse y hoy regresa a la misma escuela para acompañar a quienes podrían repetir su historia. Junto a otros jóvenes, lidera actividades artísticas y comunitarias que buscan recuperar a estudiantes que dejaron de asistir y que están a un paso de tomar la trocha equivocada. Su trabajo no soluciona el abandono, pero sí ofrece una alternativa real.

Esa alternativa, sin embargo, compite con una maquinaria que no se detiene. La violencia funciona y sigue dando resultados. Y cuando funciona mejor que la educación, el país entero termina cediendo. Entonces, como al inicio, basta una mano en el hombro para señalar al siguiente niño y volver a poner en marcha la misma historia.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-carlos-ramirez/

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