Se fue Paraguay del mundial dejándonos dos momentos maravillosos: su eliminación a Alemania y la conferencia de prensa de Gustavo Alfaro en la que explicó la diferencia entre “ellos” y “nosotros”. Y más allá de la artificialidad de la dicotomía, y de lo problemático construir muros en un mundo que debe buscar el encuentro, hay mucho de cierto en esas palabras del entrenador de los guaraníes.
Muchas personas celebramos que Paraguay le ganara a Alemania. El origen de esa simpatía con el desvalido, con el que tiene menos, Alfaro la narró bellamente. “Nosotros venimos de la tierra colorada, ellos se formaron en las mejores academias”. A nosotros, los del sur, nos ha tocado jugar descalzos.
El fútbol, esa religión extraña, es también depositario de reivindicaciones políticas y sociales. En este juego se extrapolan batallas, se rememoran infamias y dolores. La pelota deviene en justicia para los que fueron masacrados, para los que han estado excluidos, para los que no han hecho parte. El gol más hermoso de todos los tiempos —la obra maestra del barrilete cósmico— lo es, también, porque fue a los ingleses, porque ocurrió solo cuatro años después de que los barcos enviados por Margaret Thatcher llegaran a las Malvinas.
Y ahí hay belleza. Que un argentino que aprendió a jugar a la pelota en areneros haya dejado regado a tanto inglés, es una revancha. Durante 90 minutos los y las argentinas, y todo Latinoamérica con ellos, sintieron que habían recuperado las islas, que Diego Armando Maradona era el héroe nacional responsable de la redención del país. Esa ficción, ese símbolo de justicia poética, esa imaginación de dignidad hace que este deporte sea lo que es.
Las palabras del técnico de Paraguay iluminan esa posibilidad de la hazaña, de la épica de los débiles. Cuando Alfaro dice: “Ojalá nosotros pudiéramos tener lo de ellos, por eso han sido cuatro veces campeones del mundo” el seleccionador nacional remite a la filosofía igualitarista. Cita sin querer hacerlo a Rawls, a Sen y a Nussbaum. Habla de la necesidad de igualar la línea de partida para poder competir. Va a ser difícil que Paraguay le gane a Alemania si los de la tierra colorada juegan descalzos y con hambre. La libre competencia, en el juego y en la vida, es un cuentazo en esas condiciones.
Ellos son diferentes, han tenido todo lo que nosotros no. Algunos incluso dicen que nos lo arrebataron. Pero acá estamos, creyendo que es posible ganarles. La tierra colorada no es Paraguay. Es Latinoamérica. Hay un hilo de precariedad que nos conecta — niños y niñas jugando entre el lodo— unas montañas que nos atraviesan. Maradona era también guaraní, esa bravura se expresaba en su hermosísimo juego. Lo somos todas las personas que habitamos este continente. ¡Vamos los colorados siempre!, que la fuerza de la cordillera los lleve a darnos muchas alegrías. Que la belleza y la justicia sigan su curso. Para que a nosotros también nos toque algo.
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