La receta de la viralidad

Me tiene harta lo viral. Los mismos bailecitos y la pose, el mismo hablado para promocionar mercancía y embutirnos consejos hasta de cómo hacer una taza de café o servirse un vaso de agua; las marcas que repiten publicaciones para ser tendencia. Los get ready with me (como si fuera genuino y no una puesta en escena) y el enamoramiento profundo por cada uno de los productos que desempacan como si tuvieran en sus manos una primera edición de Don Quijote o algo así, realmente valioso. 

¿No se dan cuenta de la uniformidad a la que nos empuja el mercado? ¿No comprenden lo peligroso de repetir discursos, mensajes, temas, ideas, fotos, diseños? Ah, y lo peor, todo acompañado de párrafos creados por la inteligencia artificial: frases que parecen profundas, pero que son, si se leen bien, el mismo mensaje con diferentes palabras. Una idea que se opone a otra, pero suena interesante. Un verbo en gerundio, luego su opuesto y una conclusión redonda y precisa. Y muy impersonal, como si fuera un espanto el que habla.

Una fórmula infalible. La receta de la viralidad. Una absoluta locura. El aliado perfecto para posar de eruditos, sin ninguna intención de realmente lograrlo. 

Todas las marcas que sigo en Instagram, marcas que consumo, que me gustan y que, antes de toda esta viralidad, parecían auténticas, disruptivas, humanas, porque alguien escribía textos para nosotros sus usuarios, replicaron el mismo post: la foto de los empleados cuando eran niños. Parece una cuestión inofensiva, pero no lo es.

¿Acaso están tan alienados ya que todos quieren ser una IA y creen que todos los demás lo somos? 

Y ahora, en temporada electoral, lo que se juzga no son propuestas ni discursos pensados para hablarles a personas. Una vez más, videos hechos con esta “inteligencia”. Llamativos, aparentemente chistosos (no lo son), réplicas de dibujos animados que infantilizan a los candidatos y, peor aún, con acento de España o de México, como si todos los hispanohablantes tuviéramos el mismo sonsonete.

¿No nos gusta tanto jactarnos de nuestra diversidad y multiculturalidad? ¿No es eso, en vez de cirugías plásticas, drogas y narconovelas, lo que decimos que queremos promover? ¿No decimos que nuestra riqueza abunda en los diferentes ecosistemas, pisos térmicos y variedad de tradiciones? ¿Dónde quedó lo de “sumar entre distintos”? 

Mensajes que se repiten, imágenes horrendas hiperrealistas y coloridas que no representan a nadie. ¿Cómo vamos a hablar de diferencias, de conversar con el que piensa distinto si todos estamos hablando, escribiendo, dibujando y pensando igual? O más bien, si nadie está haciendo nada de eso porque dejamos entrar a la artificialidad a cada conversación. ¿No se dan cuenta de lo tenebroso?

No hay nadie detrás. Hay un programa. No hay debate porque no hay ideas pensadas por un humano. Hay patrones, estandarización de un lenguaje, hay reproducción y copias, no artesanía. No hay errores, sólo pulcritud y medidas exactas. Es horrendo, pero si el adjetivo no los escandaliza lo suficiente, es algo peor: es de mal gusto. 

Todo es viral: una chocolatina, un shampoo, una almohada, una pizza, un labial, una cobija, una receta de ensalada. La vida se convirtió en eso: la obsesión por conseguir lo último del mercado para mostrarlo en un video de cuarenta y cinco segundos y llamarlo contenido. Un agujero negro que se traga todo. Lo que sea por conseguir reproducciones de la reproducción. 

De nuevo les pregunto: ¿comprenden lo aterrador de lo que se repite y multiplica sin fin y sin fondo?

Les dejo una pista. Viral viene del latín virus que significa veneno, ponzoña, y es de rápida propagación. Otra pandemia, igual de asfixiante, pero sin vacuna a la vista y con posibilidad de contagio, incluso con una pantalla de por medio.   

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/amalia-uribe/

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