Llegué tarde al ejercicio de elegir presidentes (o cualquier otro cargo de elección popular). Mi cédula estuvo lista un par de meses antes de la primera vuelta de las elecciones de 1998, de las que salió ganador Andrés Pastrana, pero no la estrené entonces.
Tampoco salí de mi casa el domingo 26 de mayo de 2002, cuando ganó la presidencia Álvaro Uribe Vélez, cargo en el que estuvo 8 años y tuvo ganas de quedarse 12. Lo detuvo la Corte Constitucional, pese a tener mayorías en el Congreso, contar con un gran fervor popular y haber cooptado varios órganos de poder.
La primera vez que voté fue en 2006. Lo hice por Carlos Gaviria Díaz. Fue el primer asomo real de la izquierda en su aspiración de ganar. Y votar por él fue también una necesidad de dejar claro que, pese a la devoción que despertaba el presidente que torció la constitución para hacerse reelegir, no éramos pocos los que nos oponíamos tanto a su forma de gobierno como a su visión del mundo y sus soluciones.
Fue esa noche cuando Gaviria trajo a colación una frase de Borges (curiosa elección, siendo Borges un tipo reaccionario y poco fervoroso de la democracia): «Yo sé (todos lo saben) que la derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece». Lo sigo sabiendo.
He seguido votando. Tal vez la única vez que lo hice absolutamente convencido y lleno de esperanza fue el domingo 2 de octubre de 2016. Marqué con firmeza el Sí en el plebiscito por la paz. Hice parte del bando de los perdedores un par de veces más y otras en el de los ganadores. Siempre he echado las papeletas en las urnas sin miedo, pero con cierto recelo. Sé que la mejor de las ideas puede tener la peor de las ejecuciones.
Sin embargo, confío en quienes persiguen genuinamente el interés general sobre el particular, el beneficio de muchos sobre el de unos pocos, así yo sea —en las frías estadísticas que dan cuenta de los privilegios y no de los riesgos— uno de los pocos.
Sin embargo, soy pesimista. Aunque Iván Cepeda ganará esta primera vuelta (así parecen confirmarlo todas las encuestas, además), el presidente terminará siendo Abelardo de la Espriella.
He visto y leído a algunos convencidos y fervorosos seguidores de la campaña de Paloma Valencia (la otra apuesta de la derecha colombiana), de esos que no ahorran epítetos para descalificar a los contrarios, moderar su discurso pensando en lo que pasará a partir de este lunes, cuando se barajen nuevamente las cartas y su candidata, posiblemente, se sume a las huestes del autodenominado tigre. Los leo convirtiendo en chiste lo que es a todas luces un riesgo, atemperando sus críticas, adoptando poco a poco la posición de firmes.
Dirán, luego, que la política es dinámica. No reconocerán su izquierdofobia. Les parecen respetables ciertos líderes en abstracto. Alaban a Lula y a Boric, pero si estuvieran en Brasil o Chile, posiblemente apoyarían a Bolsonaro o a Kast.
Descreo, pues, de los que claman que en Colombia está en juego la democracia, de los que azuzan a punta de argumentos falaces: que si gana Cepeda estas serán las últimas elecciones de Colombia es la más repetida; que tocará comerse las mascotas es la más absurda de todas. De tanto repetirla hay quienes les creen. O se las creen ellos mismos.
Es malo que gane la izquierda, aseguran, pero también que pierda, porque entonces, dicen, todo será parálisis. Porque nada hay tan malo, parecen pensar, como el derecho a la protesta.
Es el mismo miedo que regalaron antes presentado en un paquete muy similar: la defensa de la democracia es el envoltorio, pero lo de adentro es la intolerancia al otro, el deseo de que la alternancia del poder sea solo entre ciertos personajes que comparten ciertas igualdades.
Les gusta que gobierne el que les gusta mucho y soportan al que les gusta un poquito menos. Pero no el contradictor político, porque entonces sí que está en riesgo la democracia.
Ganará De la Espriella, digo. Y como en la canción de Drexler, «vendrán otras guerras, perderán los mismos», reaccionarán con calma los mercados porque al dinero no lo asustan los gobernantes iliberales.
Pero bueno, me estoy adelantando, que la futurología es mala consejera y esta es la primera mitad. Solo una cosa me tranquiliza: juraba, hace cuatro años, que ganaba Federico Gutiérrez. Y ya ven, me equivoqué.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/mario-duque/