La política es dinámica … pero tiene memoria

Quiero comenzar la columna de esta semana con una frase terminante: Alfredo Deluque no puede ser el presidente del Senado.

Desde el día de ayer se ha generado un gran revuelo alrededor de las presidencias de la Cámara de Representantes y del Senado. Esto se debe a que, aunque los nombres impulsados por el gobierno entrante son Daniel Briceño para la Cámara y Alfredo Deluque para el Senado, este último despierta un profundo rechazo incluso dentro de una parte importante de la propia bancada de gobierno.

Tan marcada es esa resistencia que, aun siendo partido de gobierno, el Centro Democrático no respaldaría la candidatura de Deluque y, en su lugar, postularía al senador Honorio Henríquez para ocupar la presidencia del Senado. Se trata de una decisión que, de prosperar, tendría un alto costo político para el partido, pues la Ley Quinta de 1992 prohíbe que una misma colectividad ocupe simultáneamente las presidencias de ambas corporaciones. En otras palabras, una eventual elección de Henríquez implicaría renunciar a la posibilidad de que Daniel Briceño presida la Cámara de Representantes.

La pregunta entonces es inevitable: ¿por qué Alfredo Deluque no está recibiendo el respaldo unánime, a pesar de ser el candidato del gobierno entrante?

La respuesta es mucho más sencilla de lo que algunos quieren hacer creer. Durante el gobierno de Gustavo Petro, Deluque respaldó de manera sistemática las principales iniciativas del Ejecutivo. Basta revisar el registro de votaciones disponible en Congreso Visible para comprobar que acompañó buena parte de las reformas y proyectos más representativos de esta administración.

Hoy pretende presentarse como un aliado natural de un gobierno que, por definición, representa un proyecto político diametralmente opuesto al que él ayudó a sostener durante los últimos cuatro años. Como dice el adagio popular, la política es dinámica, sí, pero también tiene memoria y cobra la incoherencia. Aquí no estamos frente a una simple diferencia de matices ni a un cambio menor de postura, sino ante un giro político que genera dudas legítimas sobre su credibilidad y su compromiso con el proyecto que ahora dice respaldar.

La presidencia del Senado no es un cargo meramente protocolario. Quien la ocupe tendrá la responsabilidad de dirigir la agenda legislativa, garantizar el equilibrio institucional y convertirse en una de las principales figuras políticas del país durante el próximo año. Por eso resulta legítimo preguntarse si esa responsabilidad puede recaer en alguien que, hasta hace muy poco, fue uno de los apoyos constantes de un proyecto político que dejó un balance ampliamente cuestionado.

Aunque me encantaría ver a Briceño en el cargo de presidente de la Cámara de Representantes , porque lo admiro profundamente desde que hacía control político en Twitter (hoy X),  creo que esta discusión debe ir más allá de las simpatías personales. No se trata únicamente de quién merece o no una oportunidad, sino de qué mensaje se le envía al país en este momento político. No se puede dejar el Senado en manos de la politiquería que justamente este gobierno prometió reemplazar, porque eso implicaría una contradicción evidente entre el discurso y la práctica. 

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/nicolas-calle/

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