“Yo muchas veces me he perdido para buscar la quemadura que mantiene despiertas las cosas”. Federico García Lorca.
Escribió Juan José Millás que hay días en los que uno se levanta necesitando desesperadamente que ocurra algo bueno, así sea algo bueno pequeño, normal, como una especie de guiño de Dios, y confesó que mientras más ateo se vuelve, más pide, sabiendo que es él mismo quien debe conseguirse algo bueno. Me pasa lo mismo y recurro, ya sin buscar en otra parte, a la magnificencia que me rodea en la naturaleza, porque es ahí donde encuentro, cuando no respuestas, al menos destellos de consuelo o esperanza o el tipo de compañía que no puede arrebatarme la ceguera humana. Por eso hoy, cerrando este año indiscutiblemente oscuro para nuestra especie, traigo algunas muestras de luz para orientar la mirada y el corazón.
Manuel Jabois entrevistó al biólogo molecular Juan Valcárcel, quien le contó que “Keats, el poeta, maldecía a Newton”, pues consideraba que “Newton le había robado el encanto al arco iris al convertirlo en un prisma” y que “la ciencia robaba el encanto a las cosas al explicarlas como realidad objetiva”. Después, citó un libro del biólogo evolutivo y etólogo británico Richard Dawkins: “La ciencia no destruye el arcoíris: lo revela como algo infinitamente más bello. Al desentrañar los secretos del espectro de la luz —cómo las gotas de lluvia transforman un rayo solar en un abanico de colores— descubrimos que este fenómeno no es menos mágico sino mucho más profundo. (…) y nos hace conscientes de la maravilla de existir en un universo regido por leyes hermosas”.
A partir de una conversación con el neurocientífico Antonio Damasio, un artículo de El País decía que “no podemos entender la consciencia sin el cuerpo, sino que, al contrario de lo que habitualmente se presupone, no sentimos porque somos conscientes, sino que sucede exactamente al revés: para ser conscientes, debemos primero sentir”. Agregaba Damasio: “Los animales tienen sistema nervioso y son conscientes. Ellos, por supuesto, no tienen el mismo grado de conocimiento, memoria, raciocinio y capacidad de lenguaje que tenemos nosotros. Pero eso no significa que no sean conscientes. Son muy conscientes”. Justo después me encontré con un estudio que reveló que algunas hormigas infectadas por un hongo, en vez de ocultarlo a su comunidad, emiten señales químicas para que otras les ayuden a morir y así evitar el contagio. No sé por qué nos cuesta tanto aprender. O implementar lo aprendido. Quizás lo que verdaderamente nos cuesta es observar, poner atención, pues estamos rodeados de preguntas y respuestas abrumadoramente ricas y bellas que deberían proporcionarnos una base potentísima para vivir deslumbrados y mejor. Para mirarnos más compasivamente.
Hace unos meses tomé un autobús en Skopje, la capital de Macedonia del Norte, para ir a Kosovo. En el autobús viajaba sola una francesa octogenaria que hablaba varios idiomas, incluidas frases básicas de macedonio. Yo tenía poco tiempo y le conté angustiada mi profundo deseo de visitar Pristina y Prizren, a lo que me respondió: you can’t see everything in life. Lo sabía bien esa viajera que debía haber visto tantísimo: no se puede ver todo en la vida. Hay que saber mirar.
A veces se nos hace más evidente que no tenemos idea de para dónde va la vida, percibimos fugacidad y no sabemos cuánta de esa fugacidad nos corresponda. Para eso estalla permanentemente todo alrededor. Escribió Mary Oliver: ¿Por qué la gente insiste en ver / las credenciales de Dios / cuando la tiniebla abriéndose al alba / es más que suficiente? / Cualquier Dios se iría enfadado. / Pensad en Saba acercándose / al reino de Salomón. / ¿Creéis que iba a preguntar/ «es este el sitio»? Concluye Millás en su columna que, de existir ese Dios, “tal vez nos revelaría que la oración más eficaz es la que emitimos cuando dejamos de suplicar y empezamos, simplemente, a permanecer atentos”.
Ahora mismo, un sinsonte entona un concierto frente a mi ventana.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/catalina-franco-r/