La necesidad de una reforma política

Ante el ruido de la segunda vuelta, más allá de quién gane las elecciones, es válido preguntarse por el Congreso al que se enfrentará el nuevo presidente. Y lo cierto es que en el legislativo, hoy tenemos una colcha de retazos ideológicos. Si le sumamos a estos problemas el hecho de que la confianza en los partidos políticos apenas roza el 18%, según la OCDE, tenemos la receta perfecta para el caos en un contexto donde los populismos y autoritarismos vienen creciendo en América Latina.

Y es que la desconfianza en los partidos políticos no es un elemento menor, ya lo han afirmado las politólogas Yanina Welp y Flavia Freidenberg: no hay democracia sin partidos, pues estos son los vehículos que deberían articular las demandas ciudadanas, a través de mecanismos efectivos de representación y agendas claras donde la ciudadanía pueda ver reflejados sus temas de preocupación.

El próximo 20 de julio, el nuevo Congreso carga con una responsabilidad muy grande, pues ante el desorden en las elecciones que estamos viviendo, lo que queda es corregir los fallos que actualmente nos condenan a tener un universo amplísimo de partidos, que amenaza con atomizar el Congreso y convertir la gobernabilidad en un mito. Curioso si pensamos que las reformas políticas de principio de siglo pretendieron fortalecer a las colectividades para organizar de mejor manera la relación entre ejecutivo y legislativo.

Nuestra democracia debe avanzar en robustecer a los partidos políticos, no castigarlos para que decidan buscar atajos, como la fórmula que han encontrado con las coaliciones que congregan cualquier cantidad de intereses, y que en definitiva, no representan a nadie.

Será deber del nuevo Congreso y del nuevo gobierno, plantear una reforma política que revitalice las estructuras partidistas a través de mecanismos efectivos de democracia interna, que cuenten con reglas claras y le ayuden a la ciudadanía a tomar decisiones desde sus intereses, y no desde el desorden que actualmente genera desconfianza y desapego por la democracia.

Sin una sesuda reflexión sobre estos problemas que atraviesa nuestra democracia, seremos cada vez más vulnerables a ejercicios populistas con rasgos autoritarios y a ser gobernados por un porcentaje minoritario, que ante la fragmentación del voto, no represente a una verdadera mayoría sino a la minoría más grande, y como ya lo ha advertido Steven Levitsly, la democracia no reposa en mecanismos contramayoritarios sino en la capacidad de expresar acertadamente las problemáticas sociales y las agendas ciudadanas.

Al nuevo Congreso hay que pedirle una reforma que cimente las bases para una verdadera representatividad. Para ello no se requieren fórmulas mágicas ni inventar la rueda nuevamente. Se necesita compromiso para definir mecanismos de democracia interna donde la ciudadanía pueda organizar las listas, y donde los partidos tengan que presentarse obligatoriamente a elecciones primarias para definir el orden. Esto ya ha funcionado en países de la región como Argentina y Uruguay.

Es clave establecer umbrales más exigentes que desincentiven la proliferación de partidos sin respaldo real, acompañados de financiación pública transparente que premie la coherencia programática y no solo el resultado electoral. La reforma debe incluir sanciones efectivas para el transfuguismo político, que aunque hoy no está permitido, se evidencia en los saltos olímpicos que están dando algunos candidatos.

Fortalecer institucionalmente a los partidos políticos nos ayudaría a dejar de trasegar en la incertidumbre ideológica y programática, que nos aleja cada vez más de una democracia representativa que responda a las necesidades de la gente. La ciudadanía merece poder elegir entre proyectos políticos claros y diferenciables, no entre colchas de retazos ideológicos que solo buscan llegar al poder.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/daniel-david-mendez/

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