Todo tiempo pasado no necesariamente fue mejor. Todo gran progreso, deja detrás de sí un largo continuum de luchas, paradigmas, tensiones, exterminios, dogmas, ideologías y culturas solapadas. La esencia de la transformación histórica de la civilización, siguió tradiciones y creencias que oscilaban entre lo material e inmaterial. Pero en nuestra época presente, lo que es fundamental para movilizar sociedades, carece de sentido.
Cuando Ibn Jaldún, el historiador más grande que han dejado los árabes, escribió su obra magna Al-Muqaddimah (Introducción a la historia universal), propuso un concepto que a primera vista puede entenderse como abstracto, pero que su misma naturaleza acierta al definir la dimensión estructural de la historia desde una mirada humana colectiva: La Asabiyya o “espíritu de grupo” o “solidaridad social” se define como un vínculo fundamental para la integridad de una comunidad, país, o sociedad, y es la fuerza motora básica para el progreso humano y unidad del mismo. La unidad entre las partes de un grupo, es lo que ha permitido la evolución de la cultura, de las naciones, de las tradiciones históricas y hasta incluso ha permitido la resistencia de los pueblos ante las guerras, las crisis o la desmoralización interna.
Pensando de lleno en la desmoralización, alguien con un nombre más reciente -Friedrich Nietzsche- argumentó a lo largo de varias obras -Así habló Zaratustra, la La gaya ciencia, Más allá del bien y el mal, etc.- que los pilares religiosos, morales, las creencias y los valores del mundo moderno se han perdido. En un momento donde el libertinaje del pensamiento, la idolatría, el fetichismo, el materialismo, la desinformación, la apatía, la indiferencia y la ridiculización de las crisis actuales; prima el nihilismo sobre las respuestas inmediatas que se necesitan, y prima la insuficiencia para subsanar el malestar social, de un mundo que se hunde porque carece de un horizonte que lo guíe. En su tiempo, Nietzsche le adjudicaba ese título a Dios, a la ausencia de Dios como principio ordenador.
¿Por qué los valores, el nihilismo, y el espíritu de grupo tienen una relación? Por lo estrechamente conectadas que están estas cosas una de la otra. Sin espíritu no hay creencias, sin creencias no hay propósitos, sin propósitos no hay moral, y sin moral sólo queda la degeneración cognitiva, en todas sus facetas éticas, espirituales y ontológicas. El malestar del presente se vive desde lo que fácilmente se puede señalar de “falta de humanidad” en unas condiciones universales que necesitan que seamos más humanos. No podemos ignorar, que los catalizadores del comportamiento social frente a los vaivenes de la historia y su doloroso proceso de evolución, han sido tanto los profetas, las instituciones, los gobiernos, los referentes, y sobre todo, los líderes. Estos elementos entre muchos otros que tal vez no alcance a mencionar, han funcionado porque sus aportes a la humanidad están amparados sea en un credo, un ideal, una filosofía, o una forma sistémica de pensamiento. El ser humano logra trascender, cuando vive bajo la noción de algo que es más grande que sí mismo; esto también es importante considerarlo cuando identificamos la grandeza de algunos líderes.
¿Pero dónde ha quedado el liderazgo? Si lo que vemos en la actualidad no es un ejercicio de dirección colectiva para buscar la prosperidad de un país o una comunidad. Lo que vemos en la actualidad es un culto a la figura individual del líder, un culto a la personalidad, desvirtuando la dignidad de su responsabilidad como referente social, y a su vez, facilitando el mercadeo sensacionalista de cualquier tipo de gesto o acción irracional para convertirlo en tendencia. Ya no se piensa en lo humano que es, creer en un principio que disipe la incertidumbre, seguir una forma de vida y pensamiento -sea la que sea- que nutra la Asabiyya de nuestras comunidades, ciudades, países, regiones, continentes y mundo, para así limpiar la maraña de limitaciones que han impedido una carga de consciencia, que nos inhibe de actuar frente al deterioro global de nuestra época. Antes, a pesar de ser tiempos con considerables pocas capacidades en comparación al presente, los liderazgos inspiraban algo, existían ejemplos de cohesión social consciente, y el pensamiento transformaba la voluntad de millones. En este presente, ese horizonte es difuso.
Ahora solo vivimos por inercia, en una ordenanza económica, social, y política que ha permeado cada dimensión de las bases tradicionales, institucionales, culturales y religiosas, y ello ha resultado en el día a día de lo que vemos: Noticias pesimistas, un candidato haciendo el ridículo, una crisis de desabastecimiento de la que nadie habla, el abuso y asesinato sistemico de menores por parte de élites muy selectas, la mercantilización de las causas sociales, la instrumentalización de los ideales de justicia, el deterioro de nuestro espacio común, el elitismo de los intelectuales, entre muchas otras causas más. Tal vez al reflexionar sobre todo esto y no pensar en una salida esté contribuyendo a seguir esta senda autodestructiva. Solo por ahora, pensemos en lo que hemos estado haciendo, y tengamos la valentía de buscar más allá de la niebla que cubre nuestro sentir humano. No vivamos una era histórica en la que padezcamos la muerte de Dios, y seamos víctimas de la inercia mundial.
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