La montaña sagrada

Cada mañana, millones de bogotanos abren el grifo con la naturalidad de quien toma aire. El agua fluye transparente y fría, y la ciudad sigue su ritmo sin preguntarse de dónde viene esa vida que corre por las tuberías. Pero toda esa existencia urbana depende de un territorio al que Bogotá le da la espalda: Sumapaz, el páramo más grande del planeta. Sin él, la capital sería un espejismo de cemento. Nada más.

Mientras la ciudad presume políticas verdes y discursos de sostenibilidad, quienes habitan el territorio que la mantiene viva sobreviven entre el abandono, los controles y la estigmatización. El Estado llama a Sumapaz “tesoro ambiental” solo cuando le conviene; en el día a día, lo administra como un lugar incómodo, lejano, que estorba en los mapas del desarrollo.

A más de 3.200 metros de altura, unas 6.500 personas sostienen con su vida y su trabajo el equilibrio hídrico del que depende Bogotá. Bajar al centro es un viaje de horas; volver, casi una expedición. Esa distancia no es solo geográfica: es una brecha de derechos.

Sumapaz también cargó con la guerra. La JEP ha documentado décadas de confrontación armada, corredores de grupos ilegales y un riesgo persistente por explosivos que siguen enterrados bajo la tierra. La paz, aquí arriba, aún es una promesa sin cumplir.

Pero el daño más silencioso proviene de una institucionalidad que concibe el páramo como un museo natural: no se toca, no se vive, no se produce. Se olvida que, antes de cualquier decreto, fue la familia campesina quien defendió estas montañas de intereses económicos y de la guerra misma. Lo que mantuvo al páramo de pie ha sido su gente, no el populismo ambiental.

La montaña comienza en Usme y Ciudad Bolívar. Pero el llamado “progreso” de Bogotá avanza sin memoria: donde antes hubo campo, hoy crece una ciudad que profundiza desigualdades en lugar de resolverlas. Y ahora la mirada está puesta en la cima. La industria parece decidida a convertir al páramo en negocio: menos verde, más cemento; menos vida, más rentabilidad.

Las escuelas dispersas del territorio luchan cada día para que la memoria no se marchite. Enseñan que el frailejón es un guardián del agua, que el páramo es herencia y no recurso, que la vida se cuida porque de ella depende el resto. Allí, cada niño es una resistencia contra el olvido.

Sumapaz no es solo un ecosistema; es un hogar, una identidad, una defensa ética de la vida. La ciudad no puede seguir exigiendo agua limpia mientras ofrece abandono a quienes la cuidan. Esa contradicción es injusta y, sobre todo, insostenible. La deuda con Sumapaz es social, ambiental y moral. Y Bogotá, si de verdad quiere ser una ciudad sostenible, debe dejar de mirar hacia abajo y comenzar a honrar la montaña que la sostiene. Porque allá arriba, donde nace el agua y se guarda la memoria, sigue latiendo la montaña sagrada.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-carlos-ramirez/

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