La mínima imaginación política

Empezábamos a caminar hacia un río color menta en un parque natural en Eslovenia y el guía nos aconsejó que dejáramos las mochilas puestas ahí, en el lugar de origen. Nos miró atentamente, a personas de varias nacionalidades, contemplando los objetos antes de soltarlos, pensando en cargarlos hasta el río. “Estamos en Eslovenia, uno de los países más seguros del mundo. Aquí, sencillamente, nadie cogerá nada de lo que dejen ahí”, nos dijo. Creo que cada uno sintió algún tipo de vergüenza, de autocompasión o, quizás, algún atisbo de esperanza.

Se nos ha olvidado lo posible. La creatividad y el optimismo están manchados —o desteñidos— por un pasado casi eterno que se ha disfrazado de realidad inapelable. Escribió la etnógrafa estadounidense Kristen Ghodsee: «La palabra utópico se suele utilizar de forma peyorativa para designar a cualquiera que pretenda seriamente evocar un mundo futuro regido por fuerzas distintas a la codicia (…) El pensamiento utópico no es un lujo; es la mínima imaginación política necesaria para elegir un final diferente». Y agregó: «En una entrevista llevada a cabo 1964 con el filósofo Ernst Bloch, el teórico social Theodor Adorno explicaba: ‘Me parece que lo que la gente ha perdido de forma subjetiva en relación con la conciencia es la capacidad de imaginar la totalidad como algo que podría ser completamente diferente’”.

Gran parte del mundo está construido y funciona según lo acostumbrado, la copia, lo que va pisando huellas impresas en la tierra. Pero hay quienes abren nuevos caminos porque intuyen belleza en otras direcciones, persiguen ríos gélidos de colores imposibles y desean sentir el dolor y la limpieza del agua pura. Nadie va tras lo desconocido hasta que no se atreve a imaginarlo, a destaparlo poco a poco entre púas y abismos. Como cuando, antes de subir a una montaña en Brasov, Transilvania, un gran letrero advertía sobre la presencia de osos, linces, zorros, jabalíes, avispas y víboras, a quien quisiera adentrarse en el bosque. Tragué despacio y empecé a subir con el estómago apretado. Le temíamos al peligro, pero queríamos avanzar por ese bosque hasta ver los Cárpatos desde el tope de la montaña y no olvidarlo nunca. Y subimos por donde subía muy poca gente y conversamos en el camino para ahuyentar a los osos y fuimos desconociendo el miedo, respirando mejor, llenándonos de la belleza de los árboles, imaginando los Cárpatos. Y fue hermoso. Y no lo olvidaremos. Ahí está el camino.

Nuestro mundo bulle caótico, dando tumbos sobre profundas y antiguas huellas del horror. Hay líderes embriagados que, en nombre del bien de pueblos particulares no tienen problema en alabar y pactar con aquellos que causan el infierno para otros. Creer que eso es lo que toca —seguirse tragando esos sapos— es no tener “la mínima imaginación política necesaria para elegir un final diferente”.

Saliendo de Skopje, la capital de Macedonia del Norte, un señor inglés de unos ochenta años eligió la última fila del bus, donde se sientan, casi siempre, los adolescentes. Rodeado de la luz de la mañana, con las piernas estiradas, dijo en voz alta: “Another lovely day”.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/catalina-franco-r/

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