La letra con sangre entra

En los últimos días he escuchado a algunas personas decir que los valores en la escuela se han perdido y que para recuperarlos habría que volver a prácticas del pasado donde el estudiante solo obedecía. Pensé que esa inaceptable idea no pasaría de ser una nostalgia arcaica, pero la llegada de Viviane Morales al Ministerio de Educación del gobierno de Abelardo De La Espriella demuestra lo contrario. No se trata de un simple nombramiento burocrático: es una declaración ideológica. La educación deja de concebirse como un espacio para pensar el país y se convierte en un instrumento para corregirlo moralmente, en manos de alguien que parece desconfiar más de los libros escolares que de los dogmas.

Viviane Morales lleva años construyendo una cruzada alrededor de la llamada “ideología de género”, esa etiqueta movediza con la que sectores ultraconservadores convierten el feminismo, la diversidad o los derechos sexuales en amenazas contra la civilización. Fue ella quien impulsó un referendo para impedir la adopción por parte de parejas homosexuales y personas solteras, envuelto en el lenguaje solemne de la defensa de la familia y la nación.

El problema no son las creencias religiosas. Colombia está llena de creyentes democráticos y decentes. El problema comienza cuando esas creencias buscan transformarse en política pública educativa; cuando el aula deja de ser un lugar para aprender a pensar y empieza a parecerse a un púlpito.

Porque cuando hablan de “recuperar valores cristianos” aparece una pregunta inevitable: ¿cuáles valores?, ¿los de quién?, ¿los de qué iglesia? La educación pública nació precisamente para evitar que el Estado convierta una creencia particular en verdad oficial para toda la sociedad. Pero toda restauración moral necesita enemigos. Y entonces empiezan a aparecer bajo sospecha los profesores críticos, las ciencias sociales, los enfoques de género, Fecode y, en general, cualquier idea que incomode las jerarquías tradicionales.

Así, el maestro deja de ser visto como alguien que forma ciudadanía y pasa a convertirse en alguien que debe ser vigilado. El estudiante deja de ser un sujeto capaz de pensar críticamente para transformarse en alguien a quien hay que proteger de ciertas preguntas, ciertos libros y ciertas realidades del país.

Resulta contradictorio que quienes buscan “restaurar el orden” hablen tanto de “adoctrinamiento” mientras imponen desde el poder una visión única de familia, patria y moral. Como si repetir símbolos patrióticos y principios religiosos desde el Estado no fuera también adoctrinar. Como si la neutralidad significara únicamente parecerse a ellos.

América Latina ya conoce este libreto: gobiernos obsesionados con “rescatar valores”, depurar contenidos y devolver disciplina a las escuelas. El resultado casi siempre es el mismo: profesores perseguidos, libros sospechosos y estudiantes entrenados más para obedecer que para comprender. En los colegios, primero desaparecen las preguntas difíciles; después, los libros incómodos; al final, basta con que nadie se atreva a levantar la mano. Porque el verdadero sueño del autoritarismo no es quemar libros, sino lograr que nadie quiera leerlos.

Como maestro me preocupa la llegada de Viviane Morales al Ministerio de Educación. Porque detrás del discurso de los “valores” asoma una idea vieja y peligrosa: la nostalgia de un país donde la escuela enseñaba menos a pensar y más a bajar la cabeza.

Un país donde todavía se creía que la letra con sangre entra.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-carlos-ramirez/

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