Cuando se habla de justicia, parece obvio tener que hablar de castigo. Algunos dirán que hacer justicia significa equilibrar, como la típica imagen de la balanza, pero para equilibrar pareciera necesario castigar. ¿No es esa insistencia respecto al castigo…venganza? ¿Cuál es, entonces, la diferencia entre justicia y venganza?
Dirán que la diferencia radica en que la justicia se hace conforme a la ley y en un proceso que respeta las garantías, mientras que la venganza es ilegal,puesto que se ejerce por mano propia y sin respeto a la vida.
Supongamos —sumidos en la banalidad del mal— que la ley fuera un verdadero sello de garantía moral y que el argumento de legalidad vs. ilegalidad, en estas alturas de la humanidad, realmente importara (recordemos que el Tercer Reich de Hitler y sus campos de concentración fueron autorizados por la ley; así como el Estatuto de Seguridad del gobierno de Turbay Ayala y sus violaciones de derechos humanos; o el Departamento Administrativo de Seguridad DAS, entidad vinculada a la Presidencia, es decir, legal, que, no obstante actuaba junto con los paramilitares; etc.).
Bajo esa suposición, lanzo una pregunta: ¿la justicia actual en qué deriva? Un penalista procedería a afirmar que el resultado de un proceso judicial es la imposición de una pena, conforme al Código Penal, creado por el legislador, esto es, ¡el máximo representante de la democracia!, y, por tanto, la pena es una consecuencia legítima.
En cualquier caso, y más allá de los eufemismos, la justicia deriva en un castigo. Lo que hace nuestro sistema de justicia es quitarle la venganza de las manos a las víctimas, haciéndose con el monopolio de esta. Sin embargo, en La violencia y lo sagrado, René Girard afirma que “Si nuestro sistema [judicial] nos parece más racional se debe, en realidad, a que es más estrictamente adecuado al principio de venganza. La insistencia respecto al castigo del culpable no tiene otro sentido”.
Lo que explicaba Girard en 1972 se hace evidente en la actualidad colombiana. Ejemplos recientes como las críticas por la “baja” condena al menor de edad involucrado en el asesinato de Miguel Uribe o contra las sentencias de la JEP por no acudir a la cárcel y, por tanto, “defender la impunidad”, son solo dos casos recientes que recogen ese tipo de conversación que aparece todos los días en la calle: “a esos bandidos los dejan sueltos siempre”, “aquí no hay justicia porque solo les clavan dos años de cárcel”, “necesitamos es mano dura”…
Queremos que la justicia sea dulce, como la venganza. Cuanto más se asimile a la venganza que se podría ejercer por mano propia, mejor. Cuanto más se le quite al culpable, mejor. Pareciera como si creyéramos que el castigo es el núcleo de la justicia y, sin él, reinara la impunidad o la inseguridad. ¿Esto es, en verdad, justicia? ¿O será que lo que defendemos, en el fondo, es la venganza vestida de mujer con ojos vendados?
Esta comprensión de la justicia nos deja atrapados en el ciclo eterno de la venganza. Ciclo bien ejemplificado por Denis Villeneuve en Prisoners o Tarantino en Kill Bill. Cuando justicia y venganza se mezclan, aquella deja de ser una balanza y se convierte en un sube y baja típico de parque para niños.
Por lo menos, la justicia, a diferencia de la venganza, no deriva en la muerte, dirán algunos. Estoy de acuerdo con ese argumento, pero creo que, si no distinguimos bien la venganza que se disfraza de justicia, podemos caer fácilmente en promover la pena de muerte o, su hermana, la cadena perpetua.
Como lo explica Girard: “Por muy imponente que sea, el aparato que disimula la identidad real de la violencia ilegal y de la violencia legal [el sistema judicial] acaba siempre por descarrilarse, resquebrajarse y finalmente derrumbarse. Aflora la verdad subyacente y resurge la reciprocidad de las represalias, (…), un círculo vicioso al cual se creía haber escapado y que reafirma su poder”.
¿Vamos a seguir esperando que la venganza termine de tragarse a la justicia, y que a duras penas podamos distinguir la una de la otra? Pareciera como si, rendidos ante la venganza (que no es otra cosa que violencia), no pudiéramos imaginar otra forma de hacer y entender justicia. Como si la única y obvia respuesta frente a la violencia fuera acudir a la venganza o, en el mejor de los casos, a los clichés del perdón y los abrazos que, ojo, no son sinónimos de la justicia restaurativa, pero eso lo dejo para otra columna. Mi punto con su breve mención es dar cuenta de la crisis de imaginación. ¿Realmente solo podemos imaginar que, si no es castigo, entonces es perdón y olvido?
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/martin-posada/